La Iglesia recuerda este 31 de Octubre la vigilia que precede a la gran solemnidad de Todos los Santos, una celebración que nació de la fe y que el tiempo mezcló con antiguas tradiciones paganas.

Cada 31 de octubre el mundo se llena de máscaras, calabazas y disfraces. Pero detrás de esa imagen globalizada existe una historia mucho más antigua y profundamente cristiana. La llamada “víspera de Todos los Santos” —All Hallows’ Eve, en inglés antiguo— es el origen de lo que hoy conocemos como Halloween. Su sentido original era preparar el corazón para una de las fiestas más luminosas del calendario: el día en que la Iglesia celebra a todos los santos y santas que ya gozan de la presencia de Dios.
Del culto a los mártires a la fiesta universal de la santidad
En los primeros siglos del cristianismo, las comunidades celebraban la memoria de los mártires locales, especialmente aquellos que habían dado su vida por la fe. Con el tiempo, el número de testigos fue creciendo, y los fieles comenzaron a dedicar una sola fecha para honrar a todos. En el siglo IV ya existían registros de una “fiesta de todos los santos” en Oriente, y hacia el siglo VIII el papa Gregorio III la instituyó oficialmente en Roma, dedicando una capilla de San Pedro a “todos los santos”. Su sucesor, Gregorio IV, la extendió a toda la cristiandad.
Así nació la solemnidad del 1° de noviembre, y con ella su vigilia: una noche de oración, ayuno y esperanza. En la tradición cristiana, la vigilia siempre es espera: el alma se prepara para la luz del día siguiente. La víspera de Todos los Santos no era una noche de miedo, sino de gratitud y comunión.
El encuentro —y el choque— con la tradición celta
El mismo 31 de octubre coincidía con el Samhain, una antigua festividad celta que marcaba el final del verano y el inicio de la temporada oscura. Los pueblos del norte de Europa creían que esa noche los límites entre el mundo de los vivos y los muertos se desdibujaban, y realizaban ritos para ahuyentar a los espíritus o proteger las cosechas.

Cuando el cristianismo llegó a esas regiones, muchas costumbres se mantuvieron, aunque transformadas. La Iglesia, en lugar de prohibir, buscó resignificar. Así, la noche de Samhain se convirtió en la “vigilia de Todos los Santos”, y las velas que se encendían para ahuyentar espíritus pasaron a simbolizar la luz de Cristo que vence a la oscuridad. Sin embargo, con el paso de los siglos y especialmente a partir del siglo XIX, la dimensión religiosa se fue diluyendo, y la versión popular de Halloween tomó protagonismo en la cultura anglosajona y luego en el resto del mundo.
Lo que la Iglesia enseña sobre esta noche
Para la Iglesia, la víspera de Todos los Santos conserva su profundo valor espiritual. Es un llamado a mirar la santidad no como algo lejano, sino como una meta accesible a todos. “La santidad es la medida alta de la vida cristiana ordinaria”, recordaba san Juan Pablo II. Por eso, el 31 de octubre no es un día para exaltar el miedo o lo oculto, sino para celebrar la victoria de la luz sobre las tinieblas.
En distintas diócesis del mundo, especialmente en Europa y América Latina, se promueven actividades alternativas a las fiestas comerciales: vigilias de oración, procesiones con niños vestidos de santos, o simples encuentros familiares para rezar por los difuntos. El mensaje es claro: redescubrir el sentido cristiano de una fecha que fue, desde su origen, una noche de esperanza.

Entre lo sagrado y lo profano
Vivir esta víspera con sentido cristiano no implica rechazar toda forma de celebración, sino recuperar su raíz. Las familias pueden encender una vela, leer juntos las Bienaventuranzas o compartir la historia de algún santo que inspire el bien. En las parroquias, se celebra la misa vespertina propia de la solemnidad, y se recuerda que todos los fieles están llamados a la santidad, no como ideal inalcanzable, sino como camino de amor cotidiano.
En el plano cultural, Halloween se expandió como fenómeno global. Sin embargo, el contraste entre el consumo y el silencio interior que propone la vigilia invita a una reflexión más profunda. Allí donde el ruido del disfraz domina, la Iglesia propone encender una luz y recordar a quienes alcanzaron la plenitud de la vida eterna.
Una noche para la esperanza
La Vigilia de Todos los Santos es, en el fondo, una catequesis vivida: la certeza de que la muerte no tiene la última palabra. Cada 31 de octubre, la Iglesia prepara su corazón para contemplar a esa multitud de hombres y mujeres que siguieron a Cristo con fidelidad, algunos conocidos, muchos anónimos. Es una fiesta de gratitud, de comunión y de fe.
Así, en esta víspera del 1° de noviembre, mientras el mundo se disfraza, la Iglesia se ilumina. No teme a la oscuridad, porque sabe que una gran luz brilla detrás: la santidad, reflejo del amor de Dios que vence toda sombra.

