Una semilla australiana que transformó el paisaje argentino.

En el siglo XIX Buenos Aires era una ciudad con glamour parisino… y olor a malaria. Enfermedades como la fiebre amarilla o el paludismo se propagaban por los aires viciados que los charcos y humedales emanaban.
El eucalipto, originario de Australia, se presentaba como un posible héroe sanitario: consumía grandes cantidades de agua, purificaba el aire, era barato, crecía rápido, tenía porte vertical, lo que permitía que entraran muchos árboles por hectárea, y casi no necesitaba mantenimiento.
Domingo Faustino Sarmiento, con su afán modernizador, fue pionero al importar una especie de eucalipto australiano.
En el año 1858 recibió de regalo semillas de Eucalyptus globulus y se las entregó al estanciero Leonardo Pereyra Iraola, quien las cultivó en su célebre estancia San Juan, en Quilmes.
Durante toda su carrera política, Sarmiento impulsó la plantación de árboles en plazas, calles, escuelas y en los campos. La necesidad de sombra y las ventajas ecológicas eran su bandera.
Así, a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, promovió la forestación con miles de ejemplares de eucaliptos en las provincias de San Juan, Mendoza, Córdoba y Buenos Aires.
Entre pantanos, zanjones y mosquitos hambrientos, se creyó encontrar la solución en este árbol. En suelos húmedos, el eucalipto podía absorber hasta 200 litros de agua por día, lo que lo convirtió en la versión vegetal del desagote. Además, prometía dar sombra rápidamente en la extensa llanura pampeana.
En 1863 nacieron los primeros eucaliptos en Argentina.
“El eucaliptus será el árbol de Buenos Aires, el marido de la pampa que vivió viuda y solitaria”, aseguró Sarmiento.
Fue, y sigue siendo, el árbol característico de la región pampeana, parte ya inseparable del paisaje argentino.
Este se destacó por los usos medicinales: sus propiedades antisépticas, el poder de regenerar la piel, de combatir las bacterias, de aliviar dolores tanto musculares como articulares y también de ahuyentar los insectos.
Las hojas de eucalipto se utilizaron en infusiones, en baños, en inhalaciones y como aceite esencial.
Se utilizó en las avenidas de entrada de los campos, para dar sombra en zonas rurales, en escuelas y en cascos de estancias.
En el año 1885, en La Plata, se instaló la residencia del gobernador Carlos D’Amico, quien había sucedido al fundador Dardo Rocha. Este señorial edificio de madera fue rodeado de un bosque de eucaliptos.
En el siglo XX, el eucalipto cambió de traje: pasó de sanador urbano a máquina de hacer papel.
Empresas forestales (muchas extranjeras) lo convirtieron en el emblema del modelo extractivo en zonas como Misiones, Corrientes y Entre Ríos, donde hoy se lo planta en filas infinitas, clonadas, sin espacio para otras formas de vida.
Además del Eucalyptus globulus que trajo Sarmiento de Australia, hay otras tres especies de eucaliptos australianos que se cultivaron masivamente en nuestro país: E. cinerea, E. camaldulensis, E. sideroxylon.

