Se cumplen esta semana 15 años del fallecimiento del ex basquetbolista, famoso por su imponente físico, por su paso por la Liga Nacional, por la Selección, por haber sido el primer argentino contratado para jugar en la NBA y por su incursión en la Lucha Libre en Estados Unidos. Nunca paró de crecer y murió acechado por una diabetes feroz con 44 años y 2.40 de altura. En el 2000 vivió unos meses en San Nicolás.

A fines de septiembre de 2010 fallecía en General San Martín, Chaco, Jorge González; o simplemente el Gigante. Famoso por su imponente físico, por su paso por la Liga Nacional de Básquetbol, por la Selección, por haber sido el primer argentino contratado para jugar en la NBA y por su incursión en la Lucha Libre en Estados Unidos, nunca paró de crecer. Murió acechado por una diabetes feroz, un debilitamiento general de las articulaciones y una falta casi total de movilidad en sus piernas que lo habían postrado en una silla de ruedas. Tenía 44 años y 2.40 de altura. En 2000 vivió unos meses en San Nicolás, ayudado por el nicoleño Charly Araudo y por el Club Belgrano a salir de una angustiante situación.
González nació un 31 de enero de 1966 en El Colorado, un pueblo formoseño de menos de 10.000 habitantes. En plena niñez comenzó a aventajar a los chicos de su edad en volumen y tamaña. Con sólo 16 años, ya medía 2.18 metros. Por ese entonces, casi de casualidad, un hombre ligado al básquet de la región, Oscar Rozanovich, lo acercó al Hindú Club de Resistencia, lo que lo llevó a dejar su casa y a trasladarse a la capital chaqueña. Rápidamente empezó a llamar la atención de todos. Sus características llegaron a oídos del legendario León Najnudel, creador de la Liga Nacional, en ese entonces técnico del seleccionado argentino. El propio entrenador lo convenció de que viajara a Buenos Aires. Lo llevó a Gimnasia y Esgrima La Plata y lo cuidó y protegió casi como a un hijo. Pocos años después, lo citó a una gira que la Selección realizó por Cuba en donde pudo debutar internacionalmente. En ese tiempo, González fue perfeccionando movimientos, tonificando su cuerpo y agilizando sus traslados. Estaba casi listo para pegar el salto a las ligas mayores. El esfuerzo al que sometía a su cuerpo era tremendo, pero daba resultados.
En poco tiempo su ascenso deportivo fue fulgurante. En 1987 lo contrató Sport Club de Cañada de Gómez (en donde jugó tres años, con promedios de 19.6 puntos y 9.7 rebotes en 53 partidos), y fue convocado nuevamente para integrar la Selección, ahora al mando del puertorriqueño Flor Meléndez. A pesar de una lesión en la rodilla que lo tuvo ocho meses parado, participó en el 88 del Preolímpico de Montevideo. Con 2.28 metros, su presencia fue sensación y los scouters de Atlanta Hawks, propiedad del magnate Ted Turner, dueño entra otras cosas de la CNN, no desaprovecharon la oportunidad. Viajaron a la Argentina, tramitaron la visa en tiempo récord y compraron su pase en apenas 30.000 australes para sumarlo al negocio de la NBA.

Instalado en Atlanta, González ya no era un “fenómeno”, pues casi todos sus compañeros superaban los dos metros. Incluso la competencia tenía un jugador más alto que él, el sudanés Manute Bol (2.29). Allí lo sometieron a una rigurosa dieta y a un severo plan de entrenamiento; para lo que su cuerpo no estaba preparado. En ese contexto, nunca fue citado a participar con el equipo profesional. Y tras varios meses de trabajo silencioso empezó a tomar conciencia de que su vuelta al país sería inminente.
En paralelo, distintos estudios médicos le diagnosticaron una diabetes profunda, graves problemas en sus rodillas y, lo más grave, una enfermedad que explicaba su cuerpo enorme en talla y peso. Jorge padecía de acromegalia, también conocida como gigantismo, una rara afección crónica causada por una secreción excesiva de la hormona del crecimiento producida por la glándula pituitaria. Los estragos que provoca este trastorno se van produciendo lentos pero inexorables: desfiguración progresiva del cuerpo, especialmente de la cara y las extremidades, con crecimiento desproporcionado del rostro, pies y manos. Sumado a esto van apareciendo otros duros padecimientos. En definitiva, un cóctel de calamidades muy difícil de soportar. Ya González, entonces, no era sólo un portento extraño y anómalo. Era una persona enferma de gravedad, y con un pronóstico de vida difícil y que podía llegar a ser muy corto.

Sin embargo, la franquicia de Turner no estaba dispuesta a perder ni un centavo de sus inversiones, sean estas grandes o pequeñas. El multimillonario era dueño, además, de la cadena televisiva TNT, que entre otras atracciones transmitía el Campeonato Mundial de Lucha, la famosa WWC. Para 1989 la lucha libre era muy popular en Estados Unidos, mezclando deporte y espectáculo circense, y congregando multitudes, con una audiencia global. Richard Kane –quien lo había reclutado para los Hawks desde la Selección- le ofreció a González un muy buen contrato de varios años para que se dedicara a pelear en la WWC. El basquetbolista aceptó de inmediato lo que era una salida casi perfecta a su situación.
Preparado por un ex luchador profesional, en 1990 debutó en la actividad bajo la denominación “Giant” González, transformándose en una verdadera sensación. Era el luchador más alto del campeonato y a lo largo de seis años recorrió, en una vida casi de rockstar, todo Estados Unidos y varios países de mundo sumando más de 1.400 peleas, de las cuales sólo perdió tres. Usaba un extraño traje que le simulaba músculos marcados y se dejó crecer la barba. Ya para el 93 logró mejorar su contrato. Pero fue decayendo en su nivel y decidieron despedirlo apenas un año después. Fue así que se encontró sin trabajo y a la deriva. Aceptó una propuesta para pelear en Japón y en el 94 debuto en ese país con gran suceso. Aunque en uno de los combates sufrió un desmayo por lipotimia y los médicos fueron terminantes: la diabetes estaba en un punto crítico y debía abandonar la disciplina.

Solo, enfermo, ya sin fortuna para disfrutar, en 1996 Jorge volvió al lugar del que había partido quince años atrás, El Colorado. Recluido en su pueblo, decidió administrar los ahorros que le quedaban para tratar de sobrevivir lo mejor posible. Compró una casa y adaptó todos sus ambientes para poder trasladarse con mayor comodidad. Ya sin trabajo, sin atención médica y sin ingresos fijos. Como esperando el final; cada vez más anunciado.
En ese momento el nombre de González se volvió a sentir con fuerza en los medios periodísticos. El noticiero de Canal 13, Telenoche, lo visitó en su hogar, casi sin moverse de la cama y sufriendo el daño físico causado por una vida que no paraba de golpearlo. Esa entrevista fue impactante.
“Luego de la nota me llegaron ofrecimientos insólitos. Entre otras cosas me llamaron para hacer de payaso en un salón de diversión para chicos”, comentó más tarde González, ya instalado en San Nicolás, en donde encontró la paz por un tiempo. “Cuando me convocaron de Belgrano pensé que no era algo en serio. Creí que Charly (Carlos Araudo, socio y permanente colaborador de Belgrano, aún hoy) y el presidente (Juan José) Luciano eran dos locos más”, confesó por esos días, seducido por la iniciativa de los belgranenses, quienes pretendían sumarlo a su staff de entrenadores en las Divisiones Inferiores acompañando a Pablo Dastugue y compañía una vez que supere los problemas de salud más complejos que lo aquejaban. “Estoy muy feliz porque pensé que nunca se me daría una oportunidad así. La verdad es que estaba como metido en un freezer y por suerte me acaban de sacar. Es como volver a vivir”, dijo, lamentando que “había tocado fondo” antes de ese llamado. En ese sentido puntualizó: “Llegué a estar muy deprimido, pero ahora quiero salir”. Y al mismo tiempo, sobre el comportamiento de la gente de San Nicolás, destacó: “Ellos se preocuparon por mi salud y eso es muy importante”. De hecho, el plan que le habían armado en la ciudad para intentar recuperarlo era perfecto. En pocos metros de distancia González tenía su lugar de residencia temporal, un centro de salud para tratar su diabetes, un gimnasio para rehabilitar sus músculos y el Club Belgrano para volver a estar en contacto con el básquet; ahora desde afuera.
Y su llegada se dio, nada más y nada menos, que en la previa de la inauguración del estadio “Fortunato Bonelli”, lo cual se concretaría un 1° de octubre de 2000.

“Un día mirando Canal 13, en el noticiero Telenoche vi un informe en el que se hablaba de él, de cuando estaba en Formosa tirado en una cama, abandonado y sin contacto ni vínculo con el mundo exterior. Y ahí fue cuando se me ocurrió la idea de traerlo a la ciudad, y al Club Belgrano, del que yo siempre fui socio y colaborador, con la idea de volver a insertarlo en la sociedad, de que tuviera otra vez la posibilidad de relacionarse con la gente y un poco también con el ambiente del básquet”, relató Araudo al recordar la llegada de González a San Nicolás. “En esos tiempos vivió en el Hotel Tony –agregó- en donde los dueños, sin ningún costo, le adaptaron la cama para que él pudiera descansar bien, además nosotros en el taller de nuestra empresa le hicimos una silla que se plegaba y que tenía rueditas, que le servía para sentarse, para apoyarse al caminar y también para poder ir al baño y hacer sus necesidades ya que por su altura y su físico le resultaba imposible en los baños convencionales”. “También él tenía el gimnasio de Daniel Luchelli (CeFiDe) a su disposición e iba a un centro de salud (Diabecentro) que estaba frente a la Clínica Alvear, y nosotros acá le conseguimos hablando con su obra social, que le cubrieran todo el tratamiento de vacunas que debía colocarse mes a mes por el tema de su enfermedad, que en total eran doce y no tenía formas de costearlas”, repasó Araudo, a quien acompañó en aquella cruzada el Profesor Claudio Flores, supervisando el día a día de González.
Luego Araudo contó: “Él vino junto a su hermano Ricardo, que tenía un Peugeot 504 sin el asiento del acompañante, él entraba por la puerta de ese lado y se sentaba directamente en el asiento de atrás porque no había forma de que entrara sino”.

Según marcó Araudo “fueron entre tres y cuatro meses” los que González estuvo en San Nicolás, “muy feliz, muy bien atendido, contenido y disfrutando de su estadía”. “Lamentablemente, estando en San Luis para un evento, creo que para un Juego de las Estrellas al que había viajado, se cayó, se quebró y ya no volvió a San Nicolás. Pero gracias a su estado en ese momento, por lo que habíamos hecho acá, lo pudieron operar exitosamente en Buenos Aires porque sus valores de diabetes estaban estabilizados”, manifestó Araudo, quien se mantuvo en contacto con González hasta su fallecimiento, lo cual se daría una década después.
De regreso a El Colorado, las dificultades comenzaron a acumularse; González se transformó en insulinodependiente y quedó casi ciego de un ojo, mientras una artrosis progresiva y los problemas de rodilla lo dejaron casi inmovilizado.
Víctima de un cuadro irreversible, internado en un hospital público de Chaco, murió casi en soledad.

