El traductor de la Biblia al latín dejó un legado eterno en la fe cristiana y marcó la relación de la Iglesia con la Sagrada Escritura durante más de 16 siglos

Cada 30 de septiembre la Iglesia Católica celebra a San Jerónimo, uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia latina y figura clave en la historia de la Biblia. Nacido en Estridón, en la actual frontera entre Croacia y Eslovenia, hacia el año 347, dedicó su vida al estudio de la Palabra de Dios, a la vida ascética y a la traducción de los textos sagrados al latín. Su obra más importante, la Vulgata, fue durante siglos el texto oficial de la Iglesia y consolidó su prestigio como erudito, traductor y maestro.
Un erudito convertido en monje
Desde joven, Jerónimo se destacó en el ámbito académico. Estudió gramática y retórica en Roma, donde recibió el bautismo. Su búsqueda lo llevó a abandonar la comodidad intelectual para abrazar la vida ascética, primero en el desierto de Calcis, en Siria, y luego en Belén, donde pasaría la mayor parte de su vida. Allí fundó comunidades monásticas y un centro de estudios bíblicos. Su disciplina unía oración, austeridad y trabajo intelectual.
En ese camino aprendió hebreo con maestros judíos y perfeccionó el griego. Ese conocimiento le permitió traducir los textos bíblicos con una fidelidad inédita en su tiempo. Convencido de la importancia de la hebraica veritas —la verdad de los textos originales en hebreo—, se dedicó a revisar y comparar cada manuscrito.
La Vulgata, su obra monumental
El Papa Dámaso I lo convocó a Roma en el año 382 y lo nombró su secretario. Desde allí le encomendó revisar las múltiples traducciones latinas de la Biblia que circulaban en ese momento. Jerónimo comenzó con los Evangelios y luego, ya instalado en Belén, completó el Antiguo Testamento directamente desde el hebreo.
Su traducción, conocida como Vulgata, fue adoptada como texto oficial de la Iglesia y se convirtió en la base de la liturgia, la catequesis y la teología occidental. Con ella, Jerónimo no solo unificó el lenguaje bíblico, sino que también estableció un modelo de rigor y fidelidad textual. Durante más de 1.600 años, la Vulgata marcó la relación de los fieles con la Sagrada Escritura.
Un maestro de la Palabra
Más allá de su trabajo de traductor, San Jerónimo fue un prolífico escritor. Redactó comentarios bíblicos, cartas pastorales y biografías de santos. Sus polémicas teológicas fueron célebres y a menudo intensas, pero siempre guiadas por su pasión por la verdad evangélica.
Entre sus frases más recordadas se encuentra: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. Esta sentencia resume su convicción de que la Biblia no es solo un texto para especialistas, sino la fuente de vida para todo cristiano. Su insistencia en la lectura diaria y orante de la Palabra sigue siendo un llamado vigente para la Iglesia.
La Iglesia, custodia de la Sagrada Escritura
La importancia de San Jerónimo se entiende mejor si se recuerda que la Biblia misma es fruto de la vida de la Iglesia. Fue la comunidad eclesial la que, bajo la guía del Espíritu Santo, discernió los libros inspirados, los reunió en un canon y los transmitió fielmente de generación en generación.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la Escritura debe leerse dentro de la tradición viva de la Iglesia, porque la Sagrada Escritura es palabra de Dios en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo (CIC 81), y sólo en comunión con el Magisterio se interpreta de manera plena y auténtica.

Esto significa que la Iglesia no sólo custodió el texto, sino que también lo enseñó, lo explicó y lo defendió de interpretaciones arbitrarias. Por eso, el Catecismo advierte que la lectura aislada o individualista de la Biblia puede conducir a errores. La interpretación correcta requiere considerar la unidad de toda la Escritura, la Tradición viva de la Iglesia y la coherencia de la fe.
San Jerónimo, con su monumental trabajo de traducción, es testimonio de esa misión eclesial: poner la Palabra al alcance del pueblo, pero siempre en comunión con la Iglesia que la dio a luz. En definitiva, la Biblia no pertenece a interpretaciones privadas, sino a la vida de la Iglesia que la custodia como tesoro y la ofrece como alimento seguro para los creyentes.
El legado espiritual y cultural
San Jerónimo murió el 30 de septiembre de 420 en Belén, dejando una herencia que trascendió la religión. Su método crítico inspiró a traductores, filólogos y estudiosos de distintas épocas. Es patrono de traductores, bibliotecarios, estudiantes y especialistas en Sagrada Escritura.
La iconografía lo representa con un león —símbolo de fuerza y hospitalidad—, con libros o pergaminos, y en ocasiones con una calavera, recordando la fugacidad de la vida. Su figura se convirtió en referencia obligada para monasterios, universidades y bibliotecas a lo largo de la Edad Media y el Renacimiento.
Hoy, su legado interpela a todos los creyentes: invita a reencontrarse con la Palabra de Dios a través de la lectura constante y la oración. Enseña que la fe y la razón no se oponen, sino que se complementan en un camino de verdad y santidad.

