El padre que forjó a los campeones argentinos del Dakar

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En Arabia Saudita, lejos de Salta pero con la misma pasión intacta, Norberto Benavides vive cada kilómetro del Rally Dakar como si todavía estuviera arriba de la moto. El ex piloto de Enduro es mucho más que el padre de Kevin y Luciano: es el sostén emocional, el primer entrenador y el hombre que les inculcó sacrificio y humildad a dos hermanos que ya escribieron una página histórica para el deporte argentino.
Detrás de las victorias, de las portadas y de los podios hay una historia que empezó cuando Kevin apenas tenía cuatro años y jugaba con una mini moto que su papá le compró. De allí surgió una carrera deportiva que lo llevó a ser múltiple campeón provincial y nacional de Enduro y a convertirse, años más tarde, en el primer argentino en ganar una etapa del Dakar en motos, la categoría más peligrosa de la carrera más dura del mundo.
Norberto no solo acompañó, también educó. Desde chico le pidió a Kevin que se hiciera cargo de cada detalle de la moto: lavarla, hacerle el mantenimiento, aprender de mecánica. Esa exigencia, que parecía un simple mandato paterno, se transformó en una herramienta clave cuando el desierto obligó a resolver problemas lejos de los boxes. Detrás miraba y aprendía Luciano, siete años menor, que terminaría siguiendo el mismo camino hasta ser campeón mundial de Rally Raid.
La ambición deportiva de Kevin dio un salto cuando le confesó a su padre que quería ser campeón del mundo. Norberto entendió que era momento de profesionalizar el proyecto y recurrió al español Oriol Mena, referente internacional en la especialidad. Así llegó el desembarco en Europa, el vínculo con KTM, las primeras participaciones en mundiales y el contagio del furor dakariano cuando la competencia pasaba por la Argentina.
El factor mental y el pedido más doloroso
Con el correr de los años, el clan Benavides incorporó un aspecto que, según Norberto, cambió la carrera de sus hijos: el trabajo psicológico. Inspirado en declaraciones de Novak Djokovic, el salteño decidió sumar al psicólogo deportivo Gustavo Ruiz, uno de los profesionales más reconocidos del país, que además asesora a figuras como Franco Colapinto. Las charlas diarias, de alrededor de media hora después de cada etapa, se convirtieron en un ritual tan importante como la preparación física.
Ese andamiaje mental fue determinante para sostenerse en la élite, pero también para atravesar momentos límite. Tras los títulos de Kevin en el Dakar 2021 y 2023, y el campeonato mundial de Rally Raid alcanzado por Luciano, llegó la cara más dura del deporte: las lesiones. Un fuerte accidente de Kevin en un entrenamiento en Salta y otro de Luciano en el Desafío Ruta 40 los obligaron a compartir no solo podios, sino también habitación de hospital.
La bisagra se dio en enero de 2025, cuando, tras un nuevo golpe y con un historial de 25 fracturas, Norberto le pidió a Kevin que dejara las motos. “No tiene sentido que te vayas a golpear más”, le dijo, consciente de que un impacto más podía comprometerle el brazo para toda la vida. Fue un pedido tan doloroso como necesario, que derivó en el abandono de la carrera y en la decisión de pasar a los autos, en la competitiva categoría Challenger de prototipos UTV.
El nuevo desafío de Kevin y la evolución de Luciano
Lejos de conformarse con «sumar kilómetros», Kevin desembarcó en los autos con el mismo espíritu competitivo que lo caracterizó en las dos ruedas. Navegado por el argentino Lisandro Sisterna y a bordo de un Taurus, ganó la séptima etapa del Dakar, una muestra de que su garra y su método de trabajo siguen vigentes más allá de la categoría que elija.
En paralelo, Luciano vive su propio punto de inflexión. Con KTM, el menor de los Benavides se mostró más sólido que nunca: ganó varias etapas y se trepó a la punta de la general en motos. Para Norberto, el cambio no es solo físico ni técnico, sino sobre todo mental. Sin Kevin compartiendo día a día la estructura de motos, Luciano entendió que debía hacerse cargo de todo y maduró a la fuerza.
Su preparación incluyó un intenso plan de entrenamiento que casi se trunca por una dura caída en el Rally de Marruecos, en octubre pasado, que le dañó la rodilla izquierda. Algunos médicos le recomendaron operarse y perderse el Dakar, pero lograron una recuperación récord con equipos de magnetoterapia importados por Kevin, los mismos que ya habían ayudado al mayor de los hermanos en otras lesiones.
Un apellido que ya es parte de la historia del Dakar
Norberto recuerda que, al principio, Luciano creía que con solo subirse a la moto alcanzaba para ganar. Con el tiempo, y empujado por la exigencia de su padre y el ejemplo de su hermano mayor, entendió que el alto rendimiento exige disciplina, planificación y capacidad de sufrimiento. Copiar la rutina de Kevin, «hermanarse» todavía más y asumir responsabilidades fue el punto de quiebre que lo llevó a pelear hoy por la gloria máxima en la categoría reina del Dakar.
Mientras Kevin busca consolidarse en los autos a lo largo del Mundial y Luciano sueña con convertirse en el segundo argentino en coronarse en motos, la figura de Norberto aparece como denominador común. Es el hombre que los llevó a las primeras carreras, el que los obligó a ensuciarse las manos con la mecánica, el que apostó por el trabajo psicológico y el que, cuando fue necesario, se animó a decir basta en las dos ruedas.
El abrazo que el padre compartió con sus hijos tras sus victorias recientes en Arabia Saudita resume una historia de esfuerzo familiar, resiliencia y amor por un deporte tan apasionante como extremo.
Desde Salta al mundo, los Benavides ya son una marca registrada del Rally Dakar. Y detrás de los cascos, del ruido de los motores y de las hojas de ruta, aparece siempre la misma figura, sonriente y emocionada: la de Norberto, el padre que forjó a dos campeones.

