La celebración de la Misa Crismal tuvo lugar este Miércoles Santo, a partir de las 18, y fue presidida por el obispo diocesano, monseñor Hugo Norberto Santiago. Participaron sacerdotes de toda la diócesis en una de las ceremonias más significativas del calendario litúrgico.

En el marco de la Semana Santa, la Iglesia Catedral de San Nicolás de los Arroyos fue sede de la tradicional Misa Crismal, una de las celebraciones centrales para la vida de la Iglesia católica.
La ceremonia se desarrolló a partir de las 18 y fue presidida por el obispo diocesano, monseñor Hugo Norberto Santiago. Como es habitual en esta fecha, contó con la participación de una importante cantidad de presbíteros provenientes de distintas parroquias de la diócesis, quienes se congregaron especialmente para esta liturgia.
Una celebración clave para la vida de la Iglesia
La Misa Crismal tiene un profundo significado dentro del calendario litúrgico. Durante su desarrollo, el obispo consagra el Santo Crisma y bendicelos óleos que serán utilizados a lo largo del año en los distintos sacramentos.
Estos aceites —empleados en el bautismo, la confirmación, la unción de los enfermos y la ordenación sacerdotal— representan, según la enseñanza de la Iglesia, signos visibles de la gracia y la presencia de Dios en la vida de los fieles.


El obispo puso énfasis en la “unidad en la diversidad” dentro de la Iglesia durante su homilía.
Advirtió sobre los riesgos del individualismo narcisista, que “atomiza” y “separa” a los miembros del cuerpo.
También convocó a los nuevos grupos dentro de la Iglesia a abrirse e integrarse, evitando transitar de manera aislada. En esa línea, instó a párrocos y obispos a abordar esta problemática dentro de sus responsabilidades concretas.
“Como diócesis, nos hemos propuesto caminar juntos y en este sentido, nos hemos propuesto modificar los estatutos y trabajar como región pastoral, en un sentido más amplio”. Llamó a continuar con esta propuesta impulsada por Francisco y hoy sostenida por León de “caminar juntos”.
“Nos debemos entregar a un proyecto, más alla de que seamos los principales o no. Cada uno tiene algo propio y valioso que aportar”.
El obispo cerró su homilía recordando su reciente viaje al Vaticano, donde visitó la tumba del Papa Francisco en la Basílica Santa María la Mayor.
“Recé por todos ustedes”, concluyó.
Una tradición de raíces milenarias
La Misa Crismal tiene sus raíces en los primeros siglos del cristianismo. Surgió como una celebración vinculada al ministerio del obispo y a la unidad de la Iglesia local. Con el tiempo, se consolidó como el momento en el que se preparan los óleos sagrados para los sacramentos.
En sus orígenes, la bendición de los aceites no estaba unificada en una única ceremonia. Se realizaba en distintos momentos del año y según las prácticas de cada comunidad. Fue la tradición litúrgica la que terminó ordenando esta celebración dentro de la Semana Santa, particularmente en los días previos al Triduo Pascual.
Con el paso de los siglos, la Misa Crismal adquirió un fuerte valor simbólico. No solo por la consagración del Santo Crisma, sino también por la reunión del clero en torno al obispo. De ese modo, la liturgia expresa la comunión de la Iglesia y su continuidad histórica.
Además, en esta celebración los sacerdotes renovaron sus promesas sacerdotales ante el obispo. Este gesto refuerza la unidad del presbiterio y su compromiso con la misión pastoral en cada comunidad.


La antesala del Triduo Pascual
La celebración se inscribió en el contexto del Triduo Pascual, el período más importante para los cristianos, que se inicia con la misa del Jueves Santo y se extiende hasta la Vigilia Pascual del Sábado Santo.
Durante estos días, la Iglesia conmemora los momentos centrales de la fe cristiana: la última cena de Jesucristo con sus discípulos, su pasión y muerte en la cruz, y su posterior resurrección.
En ese marco, esta Misa Crismal adquirió un valor particular. Ya que anticipó y preparó a la comunidad para vivir con mayor profundidad espiritual las celebraciones que constituyen el núcleo de la fe.
La convocatoria en la Catedral de San Nicolás no solo reunió a los sacerdotes de la diócesis, sino que también la participación de muchos fieles. Esta liturgia marca el inicio de los días más significativos del calendario religioso católico.

