La hipertensión arterial puede desarrollarse por factores silenciosos y elevar el riesgo de infarto y ACV

Especialistas advierten que el aumento sostenido de la presión arterial muchas veces pasa inadvertido y puede estar relacionado con hábitos cotidianos, trastornos del sueño, estrés o enfermedades subyacentes.

La hipertensión arterial es una de las enfermedades cardiovasculares más frecuentes y peligrosas a nivel mundial. Su principal dificultad radica en que suele avanzar sin síntomas evidentes, lo que demora el diagnóstico y aumenta el riesgo de complicaciones graves como infartos, accidentes cerebrovasculares y daño renal.

Según la American Heart Association, cerca de la mitad de los adultos estadounidenses presentan presión arterial elevada, aunque una gran parte desconoce esa condición hasta realizarse controles médicos de rutina.

Los especialistas consideran elevada una presión arterial superior a 120/80 mmHg, mientras que los valores desde 130/80 mmHg ya se encuadran dentro de hipertensión. En esos casos, el corazón debe realizar un mayor esfuerzo para bombear sangre y los vasos sanguíneos comienzan a sufrir daños progresivos.

Por ese motivo, médicos y cardiólogos recomiendan controles periódicos incluso en personas sin síntomas, ya que detectar la hipertensión a tiempo permite reducir significativamente el riesgo cardiovascular.

Los hábitos cotidianos que favorecen la hipertensión

Entre las principales causas aparece el consumo excesivo de sodio. Gran parte de la sal ingerida diariamente proviene de alimentos procesados como panes, sopas instantáneas, pizzas, cereales industrializados y conservas. El exceso de sodio favorece la retención de líquidos y aumenta el volumen de sangre que circula por los vasos sanguíneos.

El sobrepeso potencia ese efecto porque obliga al corazón a trabajar con más intensidad para abastecer mayor cantidad de tejido corporal. Los especialistas recomiendan priorizar alimentos frescos y aumentar la ingesta de potasio y magnesio presentes en frutas, verduras, pescado, legumbres y frutos secos.

El consumo excesivo de alcohol también incrementa el riesgo de hipertensión crónica. Los médicos sugieren no superar una bebida diaria en mujeres y dos en hombres. Superar regularmente esos límites puede provocar aumentos persistentes de la presión arterial.

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Otro factor determinante es el sedentarismo. La falta de actividad física favorece la obesidad y el endurecimiento de las arterias. Además, obliga al corazón a trabajar con mayor exigencia. Investigaciones publicadas en The Lancet señalan que realizar actividad aeróbica al menos 150 minutos semanales puede generar beneficios comparables a ciertos tratamientos antihipertensivos.

Estrés, sueño y aislamiento social

El estrés crónico representa otro desencadenante frecuente de hipertensión. La exposición constante a situaciones de tensión mantiene elevados los niveles de cortisol y adrenalina, hormonas que aumentan la presión arterial.

Las exigencias laborales, los conflictos personales y las preocupaciones económicas prolongadas pueden sostener ese impacto durante largos períodos. Por eso, los especialistas aconsejan incorporar técnicas de relajación, actividad física y ejercicios de respiración o meditación.

Los trastornos del sueño también tienen una relación directa con la hipertensión. La apnea obstructiva del sueño, por ejemplo, provoca interrupciones repetidas de la respiración durante la noche y genera caídas en los niveles de oxígeno. Esa situación activa mecanismos que elevan la presión arterial.

Ronquidos intensos, jadeos nocturnos y somnolencia diurna son algunos síntomas frecuentes. Ante esos cuadros, los médicos suelen recomendar estudios específicos y, en algunos casos, tratamientos con dispositivos CPAP.

A su vez, la soledad persistente y el aislamiento social también pueden impactar sobre la salud cardiovascular. Los cardiólogos sostienen que esos estados generan respuestas hormonales similares al estrés y suelen asociarse a cuadros depresivos, otro factor de riesgo para la hipertensión.

Enfermedades, medicamentos y genética

Existen además enfermedades que dificultan el control de la presión arterial, como trastornos tiroideos, problemas renales o el síndrome de Cushing. Detectar y tratar esas patologías puede revertir los cuadros hipertensivos en determinados pacientes.

También algunos medicamentos de uso frecuente pueden elevar la presión arterial. Entre ellos aparecen ciertos antidepresivos, descongestionantes, anticonceptivos orales y antiinflamatorios no esteroideos.

Por último, la predisposición genética cumple un rol importante. Tener antecedentes familiares de hipertensión incrementa el riesgo incluso en personas jóvenes y aparentemente saludables.

Sin embargo, los especialistas remarcan que adoptar hábitos saludables, mantener actividad física regular y realizar controles médicos periódicos permite retrasar la aparición de la enfermedad y disminuir el riesgo de complicaciones graves.

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