A 45 años del Mundialito: el torneo que encendió la alarma

NewsITe
Hace 45 años, entre el 30 de diciembre de 1980 y el 10 de enero de 1981, Uruguay organizó el llamado Mundialito, un torneo excepcional que reunió a los campeones del mundo y que, con el tiempo, quedó marcado como una de las primeras señales de alarma para la Selección argentina rumbo a España 82. Lo que empezó como una gran celebración por los 50 años del estadio Centenario terminó funcionando como termómetro de lo que vendría.
El certamen se pensó como una cita de lujo: participarían las seis selecciones que, hasta entonces, habían levantado la Copa del Mundo. Inglaterra declinó la invitación alegando la continuidad de su liga y su lugar fue ocupado por Países Bajos, doble subcampeón en 1974 y 1978. El calendario elegido, a caballo entre fin y principio de año, ya anticipaba su carácter atípico.
Argentina llegaba bajo la conducción de César Luis Menotti, con el impulso del título del 78 y el brillo reciente de sus giras por Europa. Aquel equipo había mostrado una evolución en el juego y sumaba, además, a un Diego Armando Maradona en plena irrupción. Menotti tomó el torneo muy en serio: blindó la preparación, impidió que los convocados disputaran la fase final del Nacional 80 y hasta le negó a Maradona la posibilidad de volver a Argentinos Juniors para los play-off, a riesgo de que el 10 renunciara a la Selección.
Un formato a medida de Uruguay y un grupo letal para Argentina
El Mundialito se organizó con dos zonas de tres equipos. En la primera, Uruguay compartió grupo con Italia y Países Bajos. El conjunto local aprovechó al máximo el diseño del fixture: debutó con un 2-0 a los neerlandeses y luego repitió el resultado ante la Azzurra, asegurándose la final incluso antes del último partido de la zona. Con Victorino como goleador y un Centenario colmado, la Celeste vivía un renacer tras años de frustraciones mundialistas.
En la otra zona, el panorama era mucho más exigente: Argentina, Alemania Federal y Brasil quedaron encuadrados en el verdadero “grupo de la muerte”. El choque ante Alemania, programado insólitamente para el 1° de enero, ofreció un anticipo de las virtudes y defecciones del equipo albiceleste. Tras un primer tiempo en el que el gigante Hrubesh adelantó a los europeos, el seleccionado reaccionó en el complemento con un gran ingreso de José Daniel Valencia, el empate agónico que tuvo a Passarella como protagonista y un golazo de Ramón Díaz para el 2-1 final.
Aquel triunfo alimentó la ilusión, pero también mostró grietas defensivas: la defensa sufría cada vez que tiraba el achique y dependía demasiado de las atajadas de Ubaldo Fillol. Tres días después, ante Brasil, se profundizarían las dudas. Pese a un tanto memorable de Maradona, arrancando por derecha y definiendo al primer palo, el Scratch reaccionó rápido y fue superior durante largos pasajes. Fillol volvió a sostener al equipo, pero el rendimiento general dejó más interrogantes que certezas.
La consagración celeste y el espejo para Argentina
Brasil se encargó luego de golear 4-1 a una Alemania ya eliminada y apática, dejando a la Argentina fuera de la final por diferencia de gol. En el partido decisivo, el Mundialito quedó en manos de Uruguay, que venció 2-1 al equipo brasileño en una de las tardes más recordadas del Centenario. Los goles de Victorino y Barrios sellaron una fiesta que terminó con los futbolistas bañándose junto a los hinchas en los fosos del estadio.
Con el diario del lunes, el torneo resultó ser un espejismo para más de uno. Uruguay no logró capitalizar ese envión y meses después se quedó afuera de España 82 frente a Perú en las Eliminatorias. Brasil mutó su versión especulativa del Mundialito en un equipo brillante durante 1981, que llegaría al Mundial como gran candidato, para luego ser eliminado en un partido histórico ante Italia. La propia Azzurra, opaca entonces y golpeada por el escándalo de apuestas, terminaría reinventándose en España con Paolo Rossi como héroe.
Para Argentina, en cambio, el balance fue claramente preocupante. El Mundialito expuso falencias que se acentuarían en 1981: una defensa inestable, laterales utilizados fuera de su mejor posición y un rendimiento colectivo irregular. Menotti mantuvo la confianza en su base, pero las señales de alerta, sobre todo en el retroceso, se harían evidentes en España 82, donde el equipo llegaría como campeón defensor y se iría sin gloria, con la sensación de que las advertencias ya se habían visto, 45 años atrás, bajo el cielo de Montevideo.

