El astrónomo Diego Bagú analizó en El Norte Stream el alcance estratégico y científico de la misión de la NASA, que reabre la disputa entre potencias y prepara el camino hacia Marte.

La nueva misión lunar de la NASA volvió a poner a la Luna en el centro de la escena internacional. En ese contexto, el programa Días Oscuros Tenemos Todos, de El Norte Stream, mantuvo un contacto directo con el astrónomo y divulgador científico Diego Bagú para analizar el alcance real de Artemis II, la misión que marcará el regreso de astronautas al entorno lunar tras 53 años.
Durante la entrevista, Bagú explicó que no se trata solo de un hito tecnológico, sino del inicio de una nueva carrera espacial, con Estados Unidos y China disputando liderazgo científico, estratégico y geopolítico. También detalló por qué esta misión no descenderá en la superficie lunar, qué riesgos enfrenta una nave al regresar a la Tierra y por qué la Luna es el paso previo imprescindible para llegar a Marte.
Desde ese marco, Artemis II aparece como una pieza clave de un tablero mucho más grande que la simple exploración.
La Luna vuelve a ser un territorio de disputa entre potencias
Estados Unidos regresa a la Luna en un contexto completamente distinto al de la década del sesenta. Según explicó Diego Bagú, la misión Artemis II no responde únicamente a intereses científicos o tecnológicos, sino que se inscribe en una nueva carrera espacial, esta vez frente a China.
El astrónomo sostuvo que, al igual que ocurrió durante la Guerra Fría con la Unión Soviética, el motor principal del regreso lunar es geopolítico. En aquel entonces, Washington aceleró el programa Apolo para demostrar superioridad frente a Moscú. Hoy, el escenario se repite, pero con Beijing como protagonista.
China avanza de manera sostenida en su programa espacial y, de acuerdo con las proyecciones actuales, tiene como objetivo enviar astronautas a la Luna alrededor del año 2030. Bagú fue contundente: si China no estuviera desarrollando su programa lunar con la intensidad actual, Estados Unidos probablemente seguiría sin priorizar el regreso humano al satélite natural.
En ese sentido, Artemis II representa mucho más que una misión científica. Funciona como una señal política y estratégica de que Estados Unidos no está dispuesto a ceder protagonismo en un territorio que, aunque no tenga fronteras, se convirtió en un símbolo de poder tecnológico y de influencia global.
La Luna vuelve a ocupar un lugar central porque allí se define quién liderará la próxima etapa de la exploración espacial. No se trata solo de plantar una bandera, sino de controlar tecnologías, rutas de navegación, capacidades de lanzamiento y experiencia humana fuera de la órbita terrestre.
Desde esa lógica, cada misión es una pieza dentro de una competencia silenciosa pero intensa, en la que cada avance tiene consecuencias que trascienden lo científico y se proyectan sobre la política internacional.
Por qué Artemis II no bajará a la Luna
Una de las principales preguntas que genera Artemis II es por qué la misión solo orbitará la Luna y no descenderá sobre su superficie. Diego Bagú explicó que la respuesta es técnica, pero también estratégica.
Estados Unidos ya cuenta con el cohete y la nave tripulada capaces de llevar astronautas hasta la Luna y hacerlos orbitar alrededor de ella. Sin embargo, todavía no tiene desarrollado ni probado el módulo que debe permitir el descenso y el posterior despegue desde la superficie lunar. Ese sistema es el verdadero cuello de botella del programa Artemis.
Aterrizar en la Luna implica una complejidad muy superior a simplemente viajar hasta ella, rodearla y regresar. El descenso exige una nave específica, sistemas de frenado, motores de precisión y una estructura capaz de soportar tanto la llegada como el despegue en un entorno sin atmósfera.
Bagú señaló que, en este punto, Estados Unidos todavía está en carrera contra el tiempo. China, en cambio, avanza rápidamente en el desarrollo de su propio sistema de alunizaje. Por eso, los próximos dos o tres años serán decisivos.
Artemis II cumplirá una función clave: probar todo el recorrido hasta la órbita lunar con astronautas a bordo, verificar sistemas, comunicaciones y procedimientos, y preparar el terreno para Artemis III, que en principio debería concretar el regreso a la superficie en 2028.
La misión, entonces, no es un simple sobrevuelo. Es un ensayo general de una operación mucho más ambiciosa, que debe garantizar que cada componente funcione antes de asumir el riesgo máximo del alunizaje.
Por qué el alunizaje no fue un fraude
Bagú también abordó uno de los temas más recurrentes cuando se habla de la exploración lunar: la teoría conspirativa que sostiene que Estados Unidos nunca llegó realmente a la Luna.
El astrónomo fue categórico al señalar que no se trata de una cuestión de creencias, sino de hechos comprobables. El programa Apolo involucró de manera directa a unas 400.000 personas que, durante años, trabajaron todos los días en el desarrollo de cohetes, naves, sistemas electrónicos, estructuras, comunicaciones y logística.
El cohete Saturno V, que permitió los viajes lunares, medía más de 110 metros de altura, una dimensión comparable a las torres de la Catedral de La Plata. Su despegue en julio de 1969 fue presenciado por más de un millón de personas en la costa de Florida y seguido por medios de comunicación de todo el mundo.
Además, las señales de telemetría del cohete y de las naves fueron recibidas no solo por Estados Unidos, sino también por la Unión Soviética y por cualquier estación capaz de captar ondas de radio. La competencia geopolítica hacía imposible que un fraude de ese tipo pasara inadvertido.
Bagú explicó que la idea del fraude lunar no surgió en los años sesenta, sino recién en la década del ochenta, impulsada por un productor de cine y luego amplificada por el fenómeno de las redes sociales y la posverdad.
Para el científico, poner en duda la llegada a la Luna implica desconocer el funcionamiento de la ciencia, la tecnología y el trabajo de cientos de miles de personas que hicieron posible una de las mayores proezas de la historia humana.
El riesgo real de viajar al espacio
Más allá del simbolismo, viajar a la Luna sigue siendo una operación extremadamente peligrosa. Bagú recordó que, durante el Apolo 11, la probabilidad de que los astronautas llegaran y regresaran con vida era apenas del 50 por ciento.
Hoy los estándares de seguridad son mucho más altos, pero el riesgo no desapareció. El momento más crítico no es el despegue, sino el regreso a la Tierra.
Cuando una cápsula vuelve desde la Luna, ingresa a la atmósfera terrestre a una velocidad cercana a los 40.000 kilómetros por hora. Esa velocidad es tan alta que la nave se comporta como un meteorito. El roce con el aire genera temperaturas extremas y una desaceleración brutal.
Si la cápsula entra con un ángulo demasiado pronunciado, la desaceleración puede ser letal. Si entra de manera demasiado tangencial, rebota en la atmósfera y se pierde en el espacio. El margen de error es mínimo.
Bagú explicó que, si la Tierra tuviera el tamaño de una pelota de básquet, el ángulo correcto de entrada sería del grosor de una hoja de papel. Todo debe estar calculado con una precisión extrema. Solo cuando la nave pierde gran parte de su velocidad, pueden abrirse los paracaídas que completan el aterrizaje en el océano.
Ese nivel de riesgo explica por qué cada misión requiere años de preparación, pruebas y simulaciones antes de autorizar un vuelo tripulado.
La Luna como paso previo hacia Marte
La Luna no es el destino final del programa Artemis. Para la NASA y para la comunidad científica internacional, funciona como un campo de entrenamiento para un objetivo mucho más ambicioso: Marte.
La diferencia entre ambos viajes es enorme. Llegar a la Luna lleva unos cuatro días. Viajar a Marte implica siete u ocho meses de trayecto. Eso obliga a desarrollar tecnologías, sistemas de soporte vital y protocolos que permitan a los seres humanos sobrevivir durante largos períodos fuera de la Tierra.
Bagú explicó que el espacio es un ambiente hostil para el cuerpo humano, que evolucionó para vivir bajo la gravedad y las condiciones del planeta. La exposición prolongada a la microgravedad, a la radiación y al aislamiento plantea desafíos biológicos y psicológicos que todavía se están estudiando.
La Luna permite probar todos esos sistemas en un entorno relativamente cercano, donde una emergencia puede resolverse en pocos días. En Marte, en cambio, no hay posibilidad de retorno rápido.
Por eso, cada paso en el entorno lunar sirve para preparar la tecnología y la experiencia humana necesarias para el salto interplanetario.
Cristina Koch y la nueva generación de astronautas
Artemis II también tiene un fuerte componente simbólico. La misión incluirá a Cristina Koch, la primera mujer que formará parte de una tripulación que viajará hacia la Luna.
Koch fue seleccionada dentro de un grupo de apenas ocho astronautas, cuatro hombres y cuatro mujeres, entre más de 6.300 postulantes altamente calificados. Su elección refleja el nivel de exigencia y preparación que requiere integrar una misión de este tipo.
Para Bagú, la presencia de Koch representa no solo un avance en términos de inclusión, sino también la consolidación de una nueva generación de astronautas, formados con criterios científicos, técnicos y humanos muy distintos a los de la era Apolo.
Con Artemis II, la exploración lunar deja de ser un recuerdo del pasado y vuelve a convertirse en una experiencia viva, con protagonistas que marcarán el rumbo de la próxima etapa de la aventura espacial humana.

