Ato, el dispositivo argentino que combate la soledad desde Silicon Valley

Un invento argentino que llega a la recta final

Juan Cereigido y el dispositivo Ato para adultos mayores

NewsITe

Desde hace algunos meses, el argentino Juan Cereigido vive y trabaja en San Francisco, corazón de Silicon Valley, mientras ultima los detalles de Ato, un dispositivo de acompañamiento pensado para personas mayores que nació como solución casera para su propio abuelo. Aquella idea íntima, casi familiar, hoy se prepara para dar el salto definitivo al mercado internacional: si todo avanza según lo previsto, la versión final será anunciada en marzo.

Ato es un aparato sin pantallas, con una carcasa impresa en 3D, una perilla de volumen que remite a las radios antiguas y un único botón. Detrás de esa apariencia sencilla se esconde un sistema de inteligencia artificial diseñado para mantener conversaciones simples, informar sobre el clima, reproducir música o radio y recordar tareas cotidianas, con un objetivo central: reducir la soledad y el aislamiento de los adultos mayores.

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“El producto está bastante estabilizado, pero todavía no es final”, explica Cereigido desde Estados Unidos. Hoy, los dispositivos se producen en baja escala, impresos en 3D, lo que permite introducir cambios constantes en el diseño antes de encarar la producción en serie. El plan es que la próxima etapa, prevista para marzo, incluya un modelo optimizado para fabricar cientos de miles de unidades, lo que requerirá una nueva ronda de inversión.

La filosofía detrás de Ato se apoya en la máxima simpleza de uso. El dispositivo no requiere que la persona mayor tenga celular ni sepa usar aplicaciones. Una vez configurado con internet, se maneja solo con el botón y la perilla. Cada unidad se personaliza con la información que aporta la familia: nombre, antecedentes médicos, intereses, rasgos de personalidad. De ese modo, al encenderlo por primera vez, Ato “sabe” con quién va a hablar.

De un abuelo marplatense a un mercado global

El origen del proyecto está lejos de Silicon Valley y mucho más cerca de la mesa familiar. Roberto Cereigido, el abuelo de Juan, vivía en Mar del Plata, no usaba celular ni quería saber nada con WhatsApp. Viudo y reacio a la tecnología, pasaba largos períodos solo. La pregunta que disparó todo fue sencilla y brutal a la vez: cómo acercarle la tecnología sin obligarlo a cambiar sus hábitos.

La respuesta fue construir un puente mínimo: un dispositivo que se active con la voz, sin menús ni pantallas, capaz de enviar recordatorios, conversar de fútbol o de tango y sostener pequeñas charlas cotidianas. El primer prototipo viajó en una mochila para las Fiestas. Juan temía no poder explicarle a su abuelo qué era la inteligencia artificial, pero bastó una indicación: “Hablale, es como hablar con una persona”. El resultado quedó registrado en video y se viralizó. Los pedidos comenzaron a llegar desde todos lados.

Esa reacción marcó el giro definitivo del proyecto. Lo que empezó como una herramienta hecha a medida para Beto se transformó en una misión más amplia: acercar la tecnología a quienes habían quedado afuera por costumbre o desconfianza, y ofrecer una compañía que estimule la actividad mental y el intercambio, sin reemplazar los vínculos humanos.

Inversores, aceleradoras y más de 400 dispositivos activos

En el camino apareció el primer gran espaldarazo: el empresario y conductor Mario Pergolini, que se interesó en Ato tras conocer la historia y terminó convirtiéndose en el primer inversor del proyecto. Con su apoyo, Juan y su socio, Gaspar Habif, profesionalizaron el desarrollo y se lanzaron a competir en programas internacionales de aceleración tecnológica.

Tras varios rechazos, llegó la aceptación desde un programa con base en Silicon Valley, especializado en salud y envejecimiento. Con la ayuda de la comunidad que se había formado alrededor de la historia de Beto, los creadores de Ato lograron financiar el viaje y, en cuestión de días, se instalaron en San Francisco para participar de seis semanas intensivas de mentoría, pruebas y ajustes.

Hoy, más de cuatrocientos dispositivos Ato funcionan en hogares y residencias de Argentina, Estados Unidos, España y México. Se envían alrededor de cincuenta unidades por semana. Además de conversar, recordar medicamentos y buscar información, Ato también “toma la iniciativa”: si pasa demasiado tiempo sin interacción, el sistema propone temas, invita a charlar y genera ejercicios cognitivos indirectos junto a gerontólogos y especialistas en diseño para mayores.

Privacidad, presencia y el futuro de Ato

Uno de los aspectos centrales del proyecto es la privacidad. A diferencia de otros asistentes virtuales, Ato no graba las conversaciones ni construye archivos de voz. La arquitectura del sistema está pensada para procesar en tiempo real, sin almacenar contenidos. A futuro, el equipo analiza sumar funciones opcionales para crear biografías auditivas o registros familiares, pero por ahora la consigna es clara: la voz no queda guardada.

En paralelo, el dispositivo fue incorporando capas humanas y terapéuticas. Trabajando junto a gerontólogos, el equipo diseñó dinámicas que apuntan a ejercitar la memoria, evocar recuerdos significativos y sostener el equilibrio emocional de las personas mayores. La intención no es reemplazar acompañantes ni profesionales de la salud, sino complementar el cuidado con una presencia cotidiana que interrumpe el silencio.

Con un foco inicial en Estados Unidos y Argentina, y un sistema capaz de operar en más de cincuenta idiomas, Ato se proyecta hacia un mercado de familias, residencias geriátricas y centros de assisted living. Sin embargo, para sus creadores, el núcleo del proyecto sigue siendo el mismo que en el primer prototipo marplatense: una tecnología diseñada para habilitar conversaciones reales, alargar llamadas que antes duraban segundos y demostrar que la innovación también puede nacer de un gesto íntimo entre un nieto y su abuelo.

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