Cayetano Silva: la injusta historia detrás de la Marcha San Lorenzo

El músico afrodescendiente que creó la marcha más famosa del país

Retrato y homenaje a Cayetano Alberto Silva, autor de la Marcha San Lorenzo

NewsITe

Detrás de la imponente Marcha San Lorenzo, emblema del Ejército Argentino y pieza reconocida en todo el mundo, se esconde la historia de un hombre que murió en la pobreza y sufrió el racismo de su época: Cayetano Alberto Silva, músico afrodescendiente, hijo de una esclava, que terminó malvendiendo los derechos de su obra y fue enterrado en una fosa común.

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Silva nació el 7 de agosto de 1873 en San Carlos, Uruguay. Desde muy joven mostró una notable facilidad para la música, disciplina que estudió formalmente antes de radicarse en la Argentina. Aquí alternó distintos oficios: trabajó como tipógrafo, integró bandas militares en diversas provincias y se desempeñó como músico en el Teatro Colón, uno de los escenarios líricos más importantes del mundo.

Casado con Filomena Santanelli y padre de ocho hijos, construyó su trayectoria como director de bandas militares y policiales. Dirigió la banda de distintos regimientos y luego la Banda de Policía de la provincia de San Juan. Su talento como compositor quedó plasmado no solo en la Marcha San Lorenzo: también creó otras marchas como Curupaytí, Río Negro, 22 de julio y Tuyutí, hoy mucho menos difundidas.

El origen de la Marcha San Lorenzo

En 1898, Silva se instaló en Venado Tuerto, contratado por la Sociedad Italiana local para desarrollar actividades musicales. Allí, según reconstruyen los historiadores, la primera persona que escuchó la marcha fue su pequeña hija, cuando él la interpretó por primera vez en violín en la intimidad de su hogar.

La pieza llevaba originalmente el apellido del entonces ministro de Guerra, Pablo Riccheri. Al recibir la partitura, el funcionario, que sería recordado como el impulsor del servicio militar obligatorio, le pidió que no usara su nombre. «No le ponga mi nombre, póngale el lugar donde nací», le habría dicho. «¿Y dónde nació?», preguntó Silva. «En San Lorenzo», respondió Riccheri. Así quedó bautizada la obra que se convertiría en la marcha militar más famosa del país.

El 28 de octubre de 1902 la Marcha San Lorenzo fue estrenada oficialmente en el Convento de San Carlos, escenario del histórico combate de los Granaderos de San Martín. El acto contó con la presencia de las máximas autoridades y, poco después, el Ejército Argentino la adoptó como marcha oficial.

Pobreza, discriminación y una gloria que no vio

En reconocimiento a su trabajo, Riccheri logró que Silva fuera designado director de la banda del Regimiento de Infantería 9, con asiento en Rosario. Sin embargo, cuando esa unidad participó de la revolución radical de 1905, el músico perdió el puesto. A pesar de su trayectoria, debió luchar para obtener cargos para los que estaba sobradamente calificado.

La letra de la marcha llegó recién el 27 de abril de 1907, de la mano del mendocino Carlos Javier Benielli, amigo de Silva y docente de profesión. Benielli, cuya memoria también es homenajeada en escuelas que llevan su nombre en Buenos Aires y Santa Fe, murió en 1934; décadas más tarde, sus restos fueron trasladados al cementerio de los franciscanos, en el paraje donde se libró el combate de San Lorenzo.

Silva, nacionalizado argentino en 1903, trabajaba como empleado policial mientras intentaba estabilizar su situación económica. Agobiado por las deudas, vendió los derechos de la Marcha San Lorenzo por apenas 50 pesos, una suma ínfima incluso para la época. Al mismo tiempo, esperaba ser aceptado en la banda de música de Rosario y tramitaba su reincorporación al Ejército, gestiones que nunca prosperaron.

Deprimido y sin ingresos suficientes, falleció en Rosario el 12 de enero de 1920. Para entonces, la marcha que había nacido en el interior santafesino empezaba a recorrer el mundo, mientras su autor seguía sumido en el anonimato y la pobreza.

De Venado Tuerto al mundo: una marcha universal

La trascendencia internacional de la Marcha San Lorenzo excede las fronteras argentinas. Con autorización oficial, fue ejecutada el 22 de junio de 1911 durante la coronación del rey Jorge V de Inglaterra. Desde entonces integra el repertorio de la Guardia Real y acompaña el tradicional cambio de guardia en el Palacio de Buckingham, costumbre que solo se interrumpió durante la guerra de Malvinas.

A comienzos del siglo XX, en el marco de las estrechas relaciones entre los ejércitos argentino y alemán, la Argentina obsequió la marcha al gobierno germano, que correspondió el gesto con la entrega de la marcha Viejos camaradas. La pieza de Silva también fue protagonista involuntaria de episodios dramáticos: cuando las tropas nazis entraron en París el 14 de junio de 1940, lo hicieron al compás de la Marcha San Lorenzo. En un gesto simbólico de desagravio, el general Dwight Eisenhower ordenó que se ejecutara nuevamente cuando las fuerzas aliadas retomaron la ciudad en agosto de 1944.

Hoy la marcha forma parte del repertorio de bandas militares de numerosos países y es considerada por muchos especialistas como una de las composiciones marciales más logradas del mundo, por su fuerza rítmica y su inconfundible melodía.

Reconocimiento tardío a Cayetano Alberto Silva

La discriminación racial también marcó el destino póstumo del músico. Por ser negro e hijo de esclava, a su familia se le negó el derecho a que fuera enterrado en el panteón de la Policía de Santa Fe, institución en la que había revistado. Sus restos terminaron en una fosa común, en un gesto que contrasta brutalmente con el prestigio internacional que ya tenía su obra.

Recién más de siete décadas después comenzó un proceso de reparación simbólica. En 1997, sus restos fueron trasladados al cementerio municipal de Venado Tuerto, ciudad donde se había afincado a fines del siglo XIX. Allí se levantó una estatua en su honor y la casa que habitó fue transformada en museo regional. Además, una escuela de Rosario lleva hoy el nombre de Cayetano Alberto Silva, como reconocimiento al autor de la que muchos consideran «la marcha más linda del mundo».

La vida de Cayetano Alberto Silva expone la paradoja de un país que convirtió su marcha en símbolo nacional y mundial, pero dejó en el olvido, durante décadas, al hombre que la creó.

Rescatar su biografía implica revisar las huellas de la desigualdad y el racismo en la historia argentina, y al mismo tiempo reivindicar el legado de un compositor cuya música sigue sonando en los principales escenarios militares del planeta.

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