Psicóloga Mariana H. Zappa
Mat 15.493

El tiempo del inconsciente no obedece al calendario. No se ordena por fechas ni se deja
domesticar por los rituales de cierre, tampoco se adapta al ritmo acelerado de la época.
Vivimos rodeados de relojes, notificaciones y exigencias constantes: producir más, rendir mejor,
llegar a todo. En nombre de la eficiencia, el tiempo se vuelve una carrera sin pausas, y el descanso
parece un lujo. No es casual que el insomnio se haya vuelto una de las formas más frecuentes del
malestar.
Cuando el cuerpo no duerme, no siempre es por falta de cansancio, sino por exceso de estímulos.
Algo no se apaga. Algo sigue insistiendo.
Eso que insiste no es simplemente el pasado, es el deseo, buscando otra escena donde decirse, en
una época que empuja a callarlo con consumo, rendimiento o distracción permanente.
El fin de año suele presentarse como un momento de cierre, balance y resolución. Sin embargo,
para muchos, llega acompañado de más ansiedad, más agotamiento y más ruido interno. El
calendario avanza pero el malestar no se ordena con fechas.
Tal vez cerrar el año no sea acelerar ni forzar respuesta, sino animarse a escuchar lo que no
duerme, lo que no se rinde, lo que no entra en la lógica de la productividad, pero sigue diciendo
algo sobre nosotros.
Mientras el año avanza y se nombra el “fin”, el inconsciente insiste por otro lado.
Por eso el fin de año no siempre significa un final. A veces es solo una pausa, un momento para
mirar desde otro lugar lo que sigue vivo, aunque no tenga forma clara todavía.
El tiempo pasa si, pero no todo pasa con él. Hay preguntas que permanecen, deseos que no se
apuran y movimientos internos que no necesitan coincidir con el calendario.
Tal vez cerrar el año no sea ordenar todo, sino aceptar que hay cosas que siguen su propio tiempo.

