Ante lluvias cada vez más irregulares, especialistas destacan que el riego permite reducir la incertidumbre, mejorar la planificación y sostener los rendimientos en el sistema productivo.

El riego se consolida como una herramienta central en la agricultura argentina frente a un escenario climático marcado por la irregularidad de las lluvias. La variabilidad en la distribución de las precipitaciones durante el ciclo de los cultivos obliga a replantear estrategias productivas y ubica a la gestión del agua como un eje clave para sostener los sistemas.
En este contexto, el riego aporta previsibilidad al reducir la dependencia de las condiciones climáticas. Su incorporación permite estabilizar los rendimientos, mejorar la planificación y disminuir el riesgo productivo en sistemas atravesados por la incertidumbre.
Especialistas del INTA advierten que el cambio de paradigma no se explica por la cantidad total de agua disponible, sino por su comportamiento cada vez más imprevisible. “El principal desafío productivo hoy no es la falta de agua en términos anuales, sino su imprevisibilidad. El riego permite ordenar ese escenario porque aporta estabilidad en los resultados y disminuye la dependencia de las condiciones climáticas”, explicó Aquiles Salinas, especialista en tecnologías de riego del INTA Manfredi.
El riego como herramienta de gestión productiva
El uso del riego deja de ser una práctica aislada para convertirse en una herramienta de gestión integrada dentro del sistema productivo. Los especialistas coinciden en que su efectividad no depende solo de sumar agua, sino de aplicar conocimiento agronómico y análisis del balance hídrico.
Según Salinas, el riego no garantiza mejores resultados si se aplica de forma automática. La clave consiste en definir con precisión cuándo y cuánto regar, en función de las etapas críticas de cada cultivo.
“El riego permite ajustar el sistema para que los cultivos atraviesen sus etapas clave con la disponibilidad de agua necesaria”, señaló el especialista.
Este enfoque explica por qué cada vez más productores incorporan el riego como parte de la estrategia general del planteo productivo. La decisión ya no se limita a responder a la falta de lluvias, sino a construir sistemas más eficientes y controlados.
Estabilidad productiva y planificación económica
La incorporación del riego impacta directamente en la planificación económica de las empresas agropecuarias. Un sistema más estable permite proyectar resultados con mayor seguridad y ordenar la toma de decisiones.
“El riego se consolida como una estrategia de manejo que complementa a la lluvia y permite estabilizar los sistemas. Esa es su mayor fortaleza”, subrayó Salinas.
Desde el punto de vista económico, el análisis se centra en la estabilidad que aporta el riego más que en incrementos puntuales de rendimiento. Esta tecnología funciona como un mecanismo que reduce la volatilidad productiva.
“El riego debe evaluarse por la estabilidad que aporta. Más que un salto puntual de rendimiento funciona como un seguro productivo que reduce la volatilidad y mejora la previsibilidad del sistema”, indicó.
En paralelo, el desarrollo de nuevas alternativas energéticas acompaña esta evolución. La incorporación de sistemas solares aparece como una opción que permite reducir costos operativos y mejorar la previsibilidad en el uso del riego.
De esta manera, el manejo del agua se posiciona como una herramienta estratégica dentro del agro, en un contexto donde la planificación y la estabilidad productiva adquieren un rol cada vez más determinante.

