El tanatopractor que convirtió la muerte en vocación

Cuatro décadas entre despedidas y reconstrucción de historias

Tanatopractor argentino prepara el cuerpo de una persona fallecida en una funeraria

NewsITe

Desde muy chico, Daniel Carunchio aprendió a convivir con la muerte. Creció literalmente dentro de una funeraria familiar, Cochería Paraná, una de las más conocidas del país, donde se realizaban alrededor de 1.200 servicios al mes. En ese escenario, en el que otros hubieran salido corriendo, él encontró primero un trabajo por necesidad y, con el tiempo, una profesión y una vocación.

Carunchio es tanatopractor, también llamado embalsamador tanatólogo: la persona encargada de preparar, higienizar, conservar y, cuando hace falta, reconstruir estéticamente el cuerpo de quienes fallecen. Su tarea apunta a ofrecer a las familias una última imagen serena y respetuosa de sus seres queridos, reduciendo olores, riesgos sanitarios y signos traumáticos de la muerte.

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El vínculo con el oficio no fue inmediato ni sencillo. De joven soñaba con una carrera militar, pero sus tatuajes le cerraron esa posibilidad. Rechazado por las fuerzas, volvió al único lugar que conocía bien: la funeraria. “Al principio me impresionaban los cadáveres, usaba todas las medidas de bioseguridad posibles, pero con el tiempo te acostumbrás”, suele contar. Tras la venta de la empresa familiar, decidió abrir su propia casa funeraria y profesionalizarse en tanatopraxia.

Hoy, además de atender servicios, dicta cursos y diplomaturas en tanatopraxia y dirección funeraria, formando a nuevos profesionales en un rubro tan específico como poco difundido. “Son pocos los que se dedican, te tiene que gustar ayudar. Los olores son fuertes, los cuerpos muchas veces llegan sucios y deteriorados. Los cambios después del trabajo son muy notables, y esa transformación es una forma de acompañar a las familias”, explica.

Un trabajo sin horarios y con alta demanda emocional

En la rutina de un tanatopractor no existen fines de semana largos ni feriados. El teléfono puede sonar a cualquier hora y la respuesta debe ser inmediata. Carunchio se define como alguien que vive en estado de alerta: puede recibir un llamado mientras cena, duerme o comparte un cumpleaños, y sabe que tiene que salir. Su entorno ya se acostumbró a esa disponibilidad permanente.

Con el tiempo, logró armar un equipo que lo acompaña en las preparaciones y traslados. Recuerda los inicios, cuando no había celulares y la comunicación se hacía por radio o handy, con guardias interminables. Hoy coordina y delega más, pero sigue pendiente de cada mensaje y de cada caso, consciente del impacto que su tarea tiene en el duelo de las familias.

Cómo es el proceso para preparar un cuerpo

Antes de intervenir, el procedimiento exige una serie de pasos formales. Primero se revisa el certificado de defunción firmado por un médico matriculado y registrado en el lugar donde ocurrió el fallecimiento. Luego se verifica la autorización expresa de la familia para trabajar sobre el cuerpo y se completa la planilla tanatoestética, un documento clave que detalla cómo era y cómo quería verse la persona fallecida.

  • Se registran rasgos particulares, como lunares, cicatrices o barba.
  • Se define si hay que afeitar o mantener el vello facial.
  • Se especifican detalles de maquillaje: color de esmalte, tono de labios, estilo de peinado.
  • Se planifica la reconstrucción estética en casos de accidentes o enfermedades que alteraron el rostro.

El objetivo, resume Carunchio, es “recuperar las facciones naturales para que la familia pueda despedirlo dignamente, sin olores, sin derrame de líquidos y sin riesgos de contagio”. Esa imagen final, cuidada y serena, ayuda a transitar el duelo y a mitigar el impacto de la pérdida, sobre todo cuando la muerte fue repentina o violenta.

“Este oficio me enseñó que hay que disfrutar todos los días, vivir el momento. Eso de dejar todo para mañana es un error: mañana no sabés si te levantás”, reflexiona Daniel.

Un oficio bien pago, pero que exige verdadera vocación

En términos económicos, la tanatopraxia se mueve mayoritariamente en la informalidad de los autónomos y monotributistas. Muchos profesionales trabajan por servicio y pueden llegar a atender entre 30 y 40 casos mensuales, con facturaciones que, según la demanda y la urgencia, oscilan entre los 3 y 4 millones de pesos al mes.

Sin embargo, Carunchio advierte que no se trata de un trabajo para cualquiera. El contacto permanente con la muerte, el dolor ajeno y las escenas difíciles requieren una combinación de templanza emocional, empatía y vocación de servicio. “No es solo una salida económica —suele remarcar—. Es una forma de ayudar a otros en el peor momento de sus vidas”.

Después de cuatro décadas entre ataúdes, velatorios y despedidas, su mirada sobre la vida cambió para siempre. Desde su laboratorio de tanatopraxia, rodeado de instrumentos, perfumes y silencios, insiste en el mismo mensaje: honrar el presente, abrazar a los afectos y no postergar lo importante.

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