De la gloria en la NBA a la batalla más difícil

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Hernán Montenegro fue, para varias generaciones, mucho más que un basquetbolista talentoso. Fue el primer argentino drafteado por la NBA, un símbolo de Bahía Blanca y un personaje explosivo que se ganó el apodo de “Loco” por su altura, su desparpajo y una vida siempre al límite. Hoy, a las puertas de los 60 años, busca algo mucho más simple y profundo: volver a ser Hernán.
Desde la Fundación Eira, donde realiza un tratamiento por depresión y alcoholismo, el ex interno de 2,06 metros repasa una vida atravesada por la gloria deportiva, las adicciones, la persecución política en su infancia y la pelea diaria por sostener el deseo de vivir. “Estoy reaprendiendo a vivir”, reconoce, lejos de toda pose de estrella y muy cerca de sus propias fragilidades.
Su historia arranca en una Bahía Blanca marcada por la dictadura. Hijo de un sindicalista peronista, Montenegro creció un tiempo viviendo en la CGT local hasta que los militares desalojaron a la familia. “Se llevaron todo en camiones. Sentí miedo de verdad”, recuerda. Ese quiebre, dice, le cambió para siempre la mirada sobre la vida, la confianza y las personas.
De Bahía Blanca a la NBA: sueño cumplido y sombras
A los 14 años firmó su primer contrato profesional y se sentó solo frente a los dirigentes para negociar. Ya intuía que su carrera podía ser larga y que debía aprender a manejar su economía. Muy joven se fue a España, donde rozó el alto nivel europeo, pero también conoció por primera vez la cocaína, en plena época del “destape” posfranquista. El consumo, inicialmente esporádico, convivía con un talento que pedía pista.
Tras su paso por Zaragoza y su regreso a Olimpo, Montenegro llegó a Estados Unidos para jugar en la Universidad de Louisiana State. Desde allí, en 1988, le avisaron que ocho franquicias de la NBA querían draftearlo. Los Philadelphia 76ers lo eligieron y se convirtió en el primer argentino seleccionado por la liga más importante del mundo. “Era Disney, mi sueño de chico. Fui a la luna”, grafica.
En ese recorrido se cruzó con ídolos como Julius Erving, su máximo referente, y compartió entrenamientos de fútbol con un joven Kobe Bryant en Italia, cuando aún nadie imaginaba la magnitud que tendría la carrera del futuro astro de los Lakers.
Adicciones, doping y caída libre emocional
La cocaína, que había quedado atrás durante años, regresó con fuerza cuando Montenegro ya era una figura consolidada. El consumo se volvió frecuente y terminó con un doping positivo en Venezuela que le valió, en un principio, una sanción de por vida de 99 años. Luego, tras apelar en Suiza, la pena se redujo a ocho meses, pero ese período fue devastador: sin básquet y sin horizonte, consumió como nunca.
Su familia, especialmente la madre de sus hijos, sostuvo la estructura cotidiana mientras él se hundía. En paralelo, construyó un vínculo sincero con Diego Maradona, quien lo llamó cuando supo del doping para ofrecerle apoyo y abrirle las puertas de su casa. “Con Diego hablábamos sin circo, desde las verdades”, recuerda.
Con el tiempo logró dejar la cocaína y se mantuvo 29 años sin consumirla. Sin embargo, esa victoria lo llevó a sobredimensionar su propio control: mientras celebraba haber vencido a una adicción, se fue “enamorando” de otra, el alcohol. El vodka se volvió compañero constante, sobre todo en los últimos años, cuando dejó de trabajar, perdió dinero en malos negocios y la depresión empezó a gobernar su vida.
Depresión, intento de suicidio y una nueva oportunidad
Montenegro admite que llegó a un punto en el que ya no quería vivir. Hubo un intento de suicidio años atrás y, más recientemente, un año y medio de consumo diario de alcohol, aislamiento y autodesprecio. “Me estaba suicidando un poquito todos los días”, reconoce. La imposibilidad de mirar a sus hijos a los ojos fue una señal de alarma clave.
El quiebre definitivo llegó en una pensión, tras una noche violenta con personas recién salidas de la cárcel y un consumo sostenido “hasta el último minuto” antes de ingresar a la Fundación Eira. Ese episodio, dice, es la imagen que no quiere olvidar: su “última tocada de fondo”. Desde entonces, transita un tratamiento intenso, con 16 horas diarias de terapias individuales y grupales.
Los primeros dos meses de internación fueron durísimos: abstinencia, horarios estrictos y la obligación de asumir responsabilidades sobre sí mismo después de un largo período sin reglas. También el desafío de convivir con jóvenes de 18 años y compartir historias dolorosas en voz alta. Un coordinador le dio una frase clave: “No digas ‘mirá dónde terminé’, decí ‘mirá dónde estoy empezando’”.
Del “Loco” a Hernán: reaprender a vivir
Hoy, Montenegro trabaja para dejar atrás la etiqueta de “Loco”, que siente como una estigmatización, y reencontrarse con su nombre propio. Agradece el apoyo de su familia, pero deja claro que esta batalla es personal: “Estoy en tratamiento yo, no mi familia. Ellos tienen su vida. Este es mi problema”.
Lejos de la épica deportiva, dice que su mayor orgullo actual es levantarse a las seis de la mañana sin despertador, sentarse a fumar un cigarrillo y poder pensar “qué bueno, estoy acá”. Valora el amor y el respeto que encuentra en la institución, y define este momento como un proceso de “reaprendizaje” profundo: aprender, desaprender y volver a aprender cómo vivir.
Sin nostalgia por las camisetas ni los trofeos que solía regalar, Montenegro no se aferra al pasado ni celebra aniversarios de sobriedad. Prefiere poner la energía en este presente frágil pero luminoso, en el que intenta, día a día, acercarse un poco más a Hernán y alejarse del personaje que la fama ayudó a construir.

