Nacho Russo: el duelo por Miguel y la fuerza de volver a jugar

El delantero de Tigre que transformó el dolor en impulso

Nacho Russo durante un partido con Tigre

NewsITe

Ignacio “Nacho” Russo atraviesa uno de los momentos más intensos de su vida profesional y personal. Delantero de Tigre, con pasado en Rosario Central, Chacarita, Patronato e Instituto, el hijo de Miguel Ángel Russo se encontró, a los 25 años, frente al desafío más duro: seguir jugando al fútbol después de la muerte de su padre, uno de los entrenadores más respetados del país.

Formado en las divisiones juveniles de Gimnasia y Esgrima de Rosario y luego en Central, Nacho creció bajo la sombra de un apellido pesado, asociado a títulos, descensos evitados y ciclos fuertes en clubes grandes como Boca Juniors. En Tigre logró afirmarse como delantero de la Liga Profesional, al punto de que el club de Victoria adquirió el 50 por ciento de su pase y extendió su contrato hasta diciembre de 2028, una muestra clara de confianza en su proyección.

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El quiebre emocional llegó en octubre de 2025, con el fallecimiento de Miguel. En medio del dolor y de un velorio que se transformó en una verdadera despedida popular, con micros que llegaron desde Rosario y la apertura de La Bombonera para que los hinchas le dieran el último adiós, Nacho tomó una decisión que marcaría su vínculo con el fútbol: jugar al día siguiente con Tigre frente a Newell’s. No solo estuvo en cancha, sino que convirtió un gol que dedicó a la memoria de su padre.

La Bombonera, las camisetas y una despedida multitudinaria

La magnitud del cariño hacia Miguel Russo impactó incluso a su propia familia. Nacho recordó que su idea inicial era un adiós íntimo, casi cerrado. Pero las llamadas durante la madrugada cambiaron todo: más de 40 o 50 micros salieron desde Rosario hacia Buenos Aires, y la familia decidió abrir la despedida al público durante varias horas. Esas horas se convirtieron en 18 ininterrumpidas, con hinchas que pasaban, lloraban, aplaudían y agradecían.

La Bombonera fue el escenario simbólico de ese último adiós. No solo hubo camisetas de Boca: también aparecieron casacas de clubes en los que Miguel nunca trabajó, pero donde supo ganarse respeto y admiración. Esa diversidad de colores confirmó, para Nacho, que su padre había dejado algo más que resultados: una forma de relacionarse, de trabajar y de vivir el fútbol.

“Él me enseñó a tratar a todos por igual, a no creer que uno es más que otro por el lugar que ocupa. Eso lo aplico todos los días”, remarcó Nacho al recordar los consejos de Miguel.

La historia sumó un capítulo casi de película con la camiseta lanzada desde La Bombonera atada a globos, en homenaje a Miguel. La remera, con su nombre, voló más de 150 kilómetros hasta caer en un campo en Uruguay. Fue devuelta y, días después, llegó a las manos de Nacho justo en la semana en la que Tigre debía visitar a Boca. Para el delantero, se trató de una señal clara: “Che, estoy acá”.

El futuro en Tigre, la herencia de Miguel y la vida después del golpe

Mientras procesa el duelo, Nacho Russo se enfoca en consolidarse en Tigre. En la cancha muestra movilidad, agresividad ofensiva y una clara lectura táctica, faceta que reconoce haber heredado en parte de su padre. Le gusta analizar partidos, detenerse en cómo cierran los laterales, cómo se paran los equipos y qué decisiones toman los entrenadores.

Aunque todavía ve lejano el día en que pueda convertirse en director técnico, admite que el rol lo tienta a futuro. Por ahora, su objetivo es prolongar su carrera como futbolista el mayor tiempo posible y sostener una vida profesional marcada por el cuidado físico, la alimentación y el trabajo mental, factores que, considera, explican la longevidad de estrellas como Lionel Messi, Cristiano Ronaldo o LeBron James.

  • Agradece el apoyo del plantel de Tigre y del entrenador Diego Dabove, presente en el velorio y en el acompañamiento posterior.
  • Valora el rol de su pareja, Martina, compañera desde la adolescencia, con quien transita este proceso de reconstrucción emocional.
  • Destaca el legado humano de Miguel: equilibrio, respeto por todos y coherencia, sin estridencias en la derrota ni euforia desmedida en el éxito.

En lo cotidiano, Nacho también encuentra sostén en el vestuario. Comparte mates y charlas largas con Joaquín Laso, elige a Federico Álvarez como “DJ” del grupo por su mezcla de cuarteto, cumbia y rock, y no duda en convocar al arquero Felipe Zenobio y al habilidoso Elías Cabrera para cualquier picado con amigos en Rosario.

Entre recuerdos, señales y proyectos, Nacho Russo empieza a escribir su propia historia en el fútbol argentino. Lo hace con la pelota en los pies, pero también con una convicción íntima: honrar la memoria de Miguel siguiéndole el juego a la vida, aun cuando duela.

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