Qué es el “neomonarquismo” y cómo explica la lógica de poder de Donald Trump

Académicos y analistas describen el gobierno de Donald Trump como un modelo de poder personalista, basado en vínculos familiares y empresariales, que desplaza las reglas institucionales tradicionales y reconfigura la política económica y exterior de Estados Unidos.

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Foto de The New York Time

La determinación del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de alterar el orden internacional vigente impulsó una proliferación de análisis destinados a explicar su concepción del poder, la política global y la economía. Académicos y especialistas recurrieron, en un primer momento, a marcos clásicos como el realismo político, la lógica de las grandes potencias o la comparación con líderes autoritarios contemporáneos. Sin embargo, una nueva interpretación comenzó a ganar espacio en el debate intelectual: la idea de que el gobierno de Trump se asemeja más a un sistema dinástico propio de las monarquías europeas del siglo XVI que a un Estado moderno regido por instituciones impersonales.

Esta teoría, conocida como “neomonarquismo”, propone un corrimiento del eje tradicional de la política exterior y económica. En lugar de priorizar el interés nacional, la competencia estratégica o el crecimiento sostenido, el poder se organiza alrededor de vínculos personales, familiares y empresariales. Bajo esta lógica, las decisiones centrales ya no responden a reglas previsibles ni a consensos institucionales, sino a la cercanía con el líder y su entorno inmediato.

El concepto fue formulado por los politólogos Abraham L. Newman, de la Universidad de Georgetown, y Stacie Goddard, del Wellesley College. Ambos sostienen que el esquema de Trump remite más a las cortes de Enrique VIII o del emperador Carlos V que a los modelos políticos surgidos tras la consolidación del Estado moderno. En un ensayo de opinión publicado en The New York Times, describieron una política exterior utilizada como mecanismo para canalizar recursos, prestigio y beneficios hacia el presidente y su círculo más próximo, incluso mediante acuerdos con rivales estratégicos.

La comparación monárquica ganó relevancia porque condensa varios rasgos del estilo de gobierno de Trump: su forma imperativa de ejercer el poder, los giros abruptos en materia de política pública, el desprecio por normas internacionales de larga data y una concepción personalista de la autoridad. En ese marco, la Casa Blanca opera menos como una burocracia estatal y más como una corte, donde la lealtad pesa más que la competencia técnica.

Capitalismo de camarilla y efectos económicos del modelo personalista

El neomonarquismo presenta fuertes similitudes con el capitalismo de amigotes aplicado por regímenes autoritarios, como los de Ferdinand Marcos en Filipinas o Vladimir Putin en Rusia. En estos sistemas, un grupo reducido de élites políticas y empresariales concentra el acceso a decisiones clave y utiliza la política económica en beneficio propio, en detrimento del desarrollo general.

Filipe Campante, profesor de la Universidad Johns Hopkins, advirtió que este enfoque resulta perjudicial para la economía. Según explicó, la formulación de políticas deja de premiar la eficiencia o la innovación y pasa a depender de las conexiones personales. En ese escenario, los ganadores no son quienes presentan los mejores proyectos, sino quienes integran la red de favores del poder. Esa dinámica, afirmó, erosiona la productividad, el crecimiento y la prosperidad a largo plazo.

El castigo a quienes quedan fuera de la camarilla también forma parte del esquema. Empresarios, gobiernos o actores políticos que se oponen al presidente enfrentan amenazas de exclusión de contratos estatales, trabas regulatorias o represalias comerciales. Un caso emblemático ocurrió cuando Elon Musk comenzó a criticar públicamente a Trump. En respuesta, el mandatario amenazó con cortar los vínculos del Estado con las empresas del magnate y sostuvo que esa medida permitiría ahorrar miles de millones de dólares al presupuesto federal.

Las decisiones impulsadas por intereses personales o animadversiones individuales generan inestabilidad y desalientan la inversión. Investigaciones recientes, reconocidas con el Premio Nobel de Ciencias Económicas 2024, demostraron que la concentración de poder y recursos en manos de una élite política restringe el desarrollo económico y limita las oportunidades de crecimiento sostenido.

Política exterior a medida y un poder concentrado en la “corte”

Un ejemplo reciente del funcionamiento neomonárquico se observa en el acuerdo que permitió a TikTok seguir operando en Estados Unidos. Una ley, impulsada por razones de seguridad nacional y respaldada por ambos partidos, había exigido que la plataforma se desprendiera de su propiedad china o cesara sus actividades. Sin embargo, el nuevo esquema aprobado por el gobierno habilitó su continuidad. Entre los principales inversores de la nueva estructura figuran aliados políticos y socios comerciales del entorno presidencial, como Oracle, MGX y Silver Lake, vinculados directa o indirectamente a la familia Trump.

Situaciones similares se repiten en acuerdos que autorizaron a Nvidia a vender chips a China, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, o en la concesión de garantías militares a Catar. En todos los casos, la política exterior y económica aparece moldeada por relaciones personales antes que por estrategias de Estado.

El personalismo también se refleja en el uso de aranceles como herramienta de presión subjetiva. Trump reconoció haber incrementado gravámenes a Suiza por una animadversión personal hacia su expresidenta y aplicó fuertes sanciones comerciales a Brasil tras el rechazo de su gobierno a frenar el procesamiento judicial del exmandatario Jair Bolsonaro.

Este tipo de decisiones introduce un alto grado de incertidumbre, dificulta la planificación de inversiones y vuelve ineficaces los canales tradicionales de negociación internacional. Newman sostuvo que, en lugar de burocracias estables, el poder real reside en un séquito que concentra las decisiones clave.

Incluso en el plano simbólico, Trump reforzó esta visión del poder. En 2015, cuando evaluaba su candidatura presidencial, lanzó una fragancia masculina llamada Empire y explicó que todo hombre debía construir su propio imperio. Ese concepto parece haberse trasladado a su gestión. Hasta el momento, se estima que el imperio familiar del presidente acumuló al menos 1.400 millones de dólares durante su mandato, mientras su círculo más cercano consolida posiciones estratégicas en la economía global, un fenómeno que vuelve a situar al neomonarquismo en el centro del debate político contemporáneo, tal como lo analizó nuevamente The New York Times.

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