El día en que el viento arrasó con San Justo

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Pasaron 53 años, pero en San Justo, Santa Fe, el 10 de enero de 1973 sigue siendo una fecha imposible de olvidar. Aquella tarde, un tornado con intensidad F5 —la máxima de la Escala Fujita-Pearson— ingresó por la ruta nacional 11 y en apenas dos minutos desintegró un barrio entero, dejando a su paso destrucción, muerte y una herida emocional que todavía hoy condiciona la vida de muchos vecinos.
Los registros oficiales contabilizan 65 víctimas fatales, aunque distintas investigaciones elevan la cifra a por lo menos 80, sumando fallecidos en los días posteriores y fuera de la ciudad. Unas 600 personas resultaron heridas, alrededor de 500 viviendas quedaron destruidas y cerca de 2.000 habitantes fueron directamente afectados. El propio Tetsuya Fujita, creador de la escala que lleva su nombre, viajó a estudiar el fenómeno, catalogado como el tornado más devastador del hemisferio sur.
Entre los sobrevivientes está María del Huerto, hoy de 81 años, docente jubilada y directora de un coro de adultos mayores. Asegura que la sensación de calor agobiante, humedad y baja presión previa al paso del tornado permanece intacta en su memoria. “Cada vez que hay una tormenta fuerte, todo vuelve”, resume, dando cuenta de un trauma que no se limita a aquel día sino que se reaviva con cada viento intenso.
Relatos de quienes estuvieron bajo los escombros
La historia de Carlos Chazarretta, que tenía 27 años en 1973, refleja la brutalidad del fenómeno. Vivía a pocas cuadras del boulevard Roque Sáenz Peña, la zona más castigada, junto a su madre, su esposa Esther y sus dos hijas pequeñas. Estaban por almorzar cuando vieron “la tormenta que se venía”. Alcanzó a salir, advirtió el tornado y, segundos después, ya estaba sepultado bajo tres metros de escombros: sobre la mesa del comedor había caído un camión estacionado enfrente.
Su hija mayor, Mónica, de tres años, murió con el chupete en la boca, presumiblemente por asfixia, sin huesos fracturados. La beba de nueve meses fue rescatada con vida y en medio del caos incluso un desconocido intentó llevársela para adoptarla. Recién esa misma noche, tras acreditar su identidad, Carlos pudo recuperarla. Después vendrían el duelo, la recomendación médica de tener otro hijo para ayudar a sobrellevar la pérdida y la certeza de que, para su esposa, nada volvería a ser igual.
Otra de las voces que se animó a contar su experiencia es la de Liliana Sacco, que tenía 17 años cuando el tornado deshizo su casa en la esquina de Independencia y Gobernador Roque Sáenz Peña. Estaba acostada cuando un ruido ensordecedor, “como mil trenes descarrilados”, la obligó a refugiarse junto al ropero. Minutos más tarde, despertó bajo una montaña de ladrillos y mampostería, con una viga aplastándole el pecho y otra detenida a milímetros de su cabeza. No podía gritar, pero escuchaba a la gente caminarle por encima. Fue rescatada gracias al aviso de una de sus hermanas.
Animales, autos y camiones volando por el aire
El tornado arrasó unas 35 manzanas de San Justo. Entró de norte a sur, siguiendo la traza de la ruta 11, y muchos especialistas atribuyen su derrotero al calor que irradiaba el asfalto. Personas que caminaban por la ruta fueron levantadas por la tromba y aparecieron muertas a cientos de metros, en la copa de los árboles. También volaron animales, autos y camiones.
Una de las imágenes más recordadas es la de un Renault Gordini que recorrió unos 300 metros por el aire y terminó incrustado en el primer piso del hotel California. El cortometraje Vorágine, estrenado al cumplirse el 42° aniversario, recupera el testimonio del entonces jefe de la estación meteorológica local, Efraín Angeloni, quien reconstruyó el instante en que dos nubes —una que avanzaba de noroeste a sudeste y otra rosada que venía del sur— se encontraron y dieron origen al monstruo de viento y destrucción.
- Vientos estimados entre 420 y 510 km/h, propios de un F5.
- Cerca de 500 casas destruidas en cuestión de minutos.
- Personas, vehículos y estructuras completas levantadas del suelo.
Memoria, silencio y reconstrucción
Durante décadas, muchos habitantes eligieron callar. Liliana, por ejemplo, estuvo 40 años sin poder hablar del tema, ni siquiera con su familia. Creía que el silencio protegía a los demás del dolor. Ese pacto tácito empezó a romperse en 2013, con la inauguración del monumento Un alto por la Identidad y la Memoria y el trabajo de recopilación de testimonios que dio origen al libro Palabras que el viento no se llevó, editado por la Municipalidad de San Justo.
Para los Sacco, como para tantas familias, el desastre no solo implicó la muerte de seres queridos, sino también la pérdida del hogar, de las fotos, de los recuerdos materiales y del sustento económico. Durante meses sobrevivieron gracias a la ayuda solidaria, racionando alimentos y vistiendo ropa usada. En paralelo, la madre de Liliana enfermó gravemente y estuvo internada casi cuarenta días en Santa Fe.
“La palabra sana. Nos equivocamos guardando silencio”, reconoce hoy Liliana, que aprendió a transformar el horror en una filosofía de vida basada en valorar cada amanecer, cada puesta de sol y cada momento compartido.
En el barrio vecino al boulevard Roque Sáenz Peña casi nadie salió ileso, ni en lo material ni en lo psicológico. Muchos desarrollaron una sensibilidad extrema al viento o a la oscuridad. Cada 10 de enero, una misa recuerda a las víctimas de la tragedia y reúne a quienes sienten que el tornado marcó para siempre la identidad de San Justo. Porque, como repite María del Huerto, “lo material se recupera, pero las vidas no”.

