Haití, 16 años después: las historias detrás de la tragedia

NewsITe
El 12 de enero de 2010, a las puertas del atardecer, Haití quedó reducido a escombros. En apenas segundos, un sismo de magnitud 7 en la escala de Richter destruyó gran parte de la capital, Puerto Príncipe, y de la vecina Pétion-Ville. Más del 65% de las construcciones de la zona metropolitana colapsaron o quedaron gravemente dañadas, en una de las peores tragedias humanitarias de la historia reciente.
Las cifras oficiales hablaron de más de 200.000 muertos y más de dos millones de personas que, de un momento a otro, se quedaron sin techo. Detrás de esos números, sin embargo, hubo historias concretas de supervivencia y de pérdida que conmovieron al mundo: madres que buscaron a sus hijos entre los restos de sus casas, jóvenes atrapados bajo el hormigón que resistieron días enteros sin agua ni comida, familias completas que desaparecieron sin dejar rastro.
Una de esas historias es la de Mendji Bahina Sanon, que tenía apenas 11 años cuando su vivienda se desplomó. Su madre había dejado a sus cinco hijos en casa y, al volver, encontró el edificio convertido en ruinas. Primero halló el cuerpo sin vida de su hijo de cinco años y temió lo peor. Pero los vecinos insistieron: aseguraban haber escuchado la voz de Mendji pidiendo ayuda desde debajo de los escombros. Cavaron como pudieron, la encontraron con vida y la rescataron ocho días después del sismo. Alcanzó a pedir leche y cereales antes de desmayarse.
El caso de Emmanuel Buso, que entonces tenía 20 años, también se volvió emblemático. Relató que sintió la casa tambalearse violentamente, perdió la noción de dónde estaba y se desmayó. Despertó atrapado, sin alimentos y sin agua. Para no deshidratarse, bebió su propia orina. Cuatro días después, los rescatistas lograron sacarlo con vida. “Estoy hoy aquí porque Dios lo quiere”, afirmó tiempo después, convirtiéndose en símbolo de resistencia frente al horror.
Un Estado derrumbado y una ciudad convertida en campamento
El terremoto no solo destruyó viviendas particulares: golpeó directamente el corazón institucional del país. El Palacio Nacional, sede del gobierno haitiano y símbolo histórico y arquitectónico, colapsó por tercera vez en su historia, dejando al presidente René Préval sin su despacho y al mundo con una imagen que recorrió las portadas de todos los medios. También se vinieron abajo el Palacio de los Ministros y las oficinas de Protección Civil, lo que dejó al Estado prácticamente sin capacidad de coordinación en las primeras horas críticas.
La sede central de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas (Minustah) quedó destruida, y una parte importante de su personal murió bajo los escombros. El primer ministro, Jean-Max Bellerive, tuvo que desplazarse en mototaxi para intentar organizar la respuesta, mientras los alcaldes y responsables locales de defensa civil quedaban sin herramientas, comunicaciones ni recursos para asistir a la población.
Por la hora del sismo, poco antes de las cinco de la tarde, numerosos funcionarios y trabajadores seguían en sus oficinas, lo que multiplicó el número de víctimas en edificios públicos. A eso se sumó la lenta reacción de la comunidad internacional: los aeropuertos permanecieron cerrados varios días y Haití quedó virtualmente aislado, sin posibilidad de recibir de inmediato la ayuda masiva que necesitaba.
De la emergencia eterna a una reconstrucción inconclusa
Las imágenes que quedaron grabadas en la memoria colectiva fueron tres: el Palacio Nacional reducido a ruinas, la catedral de Nuestra Señora de la Asunción casi demolida —con sus cúpulas y techo desplomados— y las interminables filas de carpas y refugios improvisados que coparon plazas, avenidas y terrenos baldíos. Al menos un millón y medio de personas perdieron su vivienda en cuestión de horas y se instalaron en campamentos de emergencia, pensados para ser temporales pero que en muchos casos se volvieron permanentes.
Una década después, la Organización Internacional para las Migraciones registraba todavía más de 32.000 personas viviendo en carpas y 22 campamentos activos solo en Puerto Príncipe. Esa precariedad abrió la puerta a nuevos dramas: epidemias como la de cólera, que se cobró al menos 10.000 vidas, así como el crecimiento de la violencia, los abusos y el consumo de drogas en esos asentamientos sin servicios básicos ni seguridad.
La comunidad internacional comprometió miles de millones de dólares para atender la emergencia y encarar la reconstrucción. Estados Unidos destinó cerca de 4.400 millones de dólares, de los cuales alrededor de 1.000 millones se enfocaron en ayuda humanitaria inmediata. Naciones Unidas canalizó otros 10.000 millones en donaciones, y las pérdidas económicas directas se estimaron en unos 7.900 millones de dólares. Sin embargo, los especialistas coinciden en que la magnitud del desastre y la fragilidad previa de Haití —marcada por la pobreza estructural, la desigualdad y la debilidad institucional— hicieron que esos recursos fueran insuficientes o mal gestionados.
Para numerosos analistas, el verdadero desastre no fue solo el sismo, sino la combinación de un país mayoritariamente pobre, un Estado colapsado y millones de personas arrojadas de golpe a la marginalidad extrema.
Dieciséis años después, Haití sigue cargando con las consecuencias de aquel 12 de enero de 2010. El terremoto dejó una cicatriz profunda que nunca terminó de sanar: una sociedad atravesada por la precariedad, una infraestructura frágil y una población que, como Mendji, su madre o Emmanuel, aprendió a sobrevivir entre los escombros, literal y simbólicamente, de un país que aún busca levantarse.

