Miguel Fernández tiene 41 años y nació en San Nicolás. Vivió hasta sus 30 años en la ciudad donde problemas personales le hicieron tener que repensar su transcurso a futuro para avocarse a nuevos sueños. Hoy en día mantiene a su familia -que vive a miles de kilómetros- con una especie de filosofía de vida como predicaba el mismo Diógenes, con la diferencia que en este caso la música es el factor determinante. “Cuando a una persona la obligan a hacer lo que no vino a hacer en esta vida, el corazón se le apaga”, declaró.

Valentín Cúneo
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De músicos y cantores solemos hablar, pero de la historia particular de un bombista, pocas veces se lee. En esta ocasión, EL NORTE dialogó con Miguel (R) Fernández, nacido en barrio Las Flores, que tuvo una vida de mucho esfuerzo y penurias, que lo motivaron para alcanzar los logros propuestos en su reconstrucción como persona.
Actualmente, él está alejado de su esposa e hijo. Ellos, viven en Estancia Vieja, localidad ubicada en la provincia de Córdoba. Por su parte, Fernández, hace más de seis años que decidió irse a vivir a Chile, específicamente, en la calle. No obstante, no es de manera continua, sino que es por unos meses, luego de determinado tiempo regresa a visitar a su familia les da el dinero y regresa a su vida de artista.
Con una filosofía que hace pensar en las acciones del filósofo griego Diógenes, y una manera sinigual de manejar el bombo legüero, Fernández eligió vivir de manera marginal, padeciendo los cambios climáticos y las tempestades a la intemperie, ganándose “el pan” tocando el instrumento mencionado en los semáforos del país vecino. “Un día me crucé con uno de mis mejores amigos de la infancia y al saber lo que me había pasado, me dijo que si nunca nadie me había dado importancia con la música, que me vaya a un semáforo a hacerme rico”.
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Luego de pasar varios problemas personales, tanto mentales como experienciales, dejó a su familia en nuestro país. A partir de esta elección, emprendió su viaje al país limítrofe con la fe de lograr concretar su sueño “triunfar en la música”. En relación a esto, explicó que: “Es verdad, vivo en la calle, paso frio, calor, hambre. A veces me tocaron vivir situaciones de inseguridad, pero gano muy bien trabajando de esta manera. Me pongo a tocar y cantar en las esquinas mientras los conductores esperan el verde del semáforo. Por día, obtengo cerca de 50.000 pesos argentinos, me alcanza para mantener a mi familia, les mando el dinero. Con esa plata pudimos terminar la casa y comprar un auto, un Renault 11, nada del otro mundo”.
Antes de tomar la decisión de vivir en Chile tuvo experiencias en festivales folclóricos nacionales. Cerca del año 2000, decidió participar en el pre-Cosquín pero de forma distinta, solo con el bombo. Ante los ojos escépticos de los jurados, decidió igual probar si podía llegar a clasificar al escenario mayor. “Me dijeron que era imposible participar y ganar, porque el bombo legüero no tiene melodía, ni armonía, es solo ritmo. Además, tenía que tener, como mínimo, seis temas. No tenía ni uno, así que, con el paso de los años me puse a escribir. El primero lo titulé ‘Pajarito de madera’ y el otro ´Paloma´, pasé de no figurar en los pequeños concursos por más de 20 años a llegar a ganar el pre-selectivo en 2022”.
En base a esto, sumó: “Lo que yo logré hacer con un bombo legüero no lo hizo nunca nadie en América Latina. Nunca existió, ni la dinámica, la técnica, la explosión, soy un prócer en ese ámbito. Me costó muchos años crear este arte y nunca me ayudaron, como tampoco me reconocen mi labor”.
En la misma línea contó que en el año 2022 y 2023 logró pasar al escenario mayor llegando a disputar la final, siempre con sus ideales intactos. No obstante, en ambas ocasiones le tocó quedarse con el segundo puesto. “En 55 años, era la primera vez que pasaba algo así, que un cantante y su bombo compita en la última instancia era una novedad. Jamás tuve un reconocimiento local, siempre me quedé con los aplausos del público. Conozco mis condiciones y todavía es mi sueño el llegar a ganarlo, pero lo voy a hacer con amor y convicción”.
“Yo empecé practicando con un tarro y un cubierto, me gustaría que mi historia sea de cierta manera una inspiración para otros músicos. En la vida, el que se esmera, el que se esfuerza por sus sueños, que se la juegue el que es valiente. El que persiste, aunque se te vaya a la vida detrás de esto, el que toma todo lo malo que le va sucediendo con amor y con aprendizaje, tarde o temprano se encuentra parado en el lugar que soñó”.
Vivencia de Miguel Fernández
Es crucial desarrollar una parte de su juventud. La cual lo llevó hasta el ser que es hoy en día. “Cuando empecé a crecer todos me miraban, era el loco de la familia. Todo, porque me gusta la música, entonces era incomprendido y quería viajar desde muy chico. Pero mi mamá me decía que me iba a morir de hambre y en ese momento, 14 o 15 años, la palabra de la madre es sagrada”, comenzó relatando.
A su vez, continuó: “Entré a trabajar a una empresa, me volví operador de equipos pesados, ganaba buena plata, tenía mi auto, mi casa, esposa, luego llegó mi hijo. Pero, la depresión es estar en el camino incorrecto de tu vida, es estar haciendo lo que no te gusta, vivir de lo que no amas. Llevar el pan a la mesa de tu casa trabajando de algo que no amas también es un pecado atroz”.
“De ese trabajo, me fui al campo, manejé cosechadoras. Pero seguía teniendo el alma triste, un alma rota y lo peor es que no sabía por qué era. En los mejores momentos de mi carrera como músico, cuando tenía 30 años aproximadamente, empecé con los rasgos de depresión fuertes. En ese momento grababa con un productor llamado Hugo Casas, fue el mentor de Abel Pintos, de Tamara Castro, del Chaqueño Palavecino por los años ´80, él era quien te posicionaba en la industria”, remarcó el folclorista.
Pero el trastorno mental iba de a poco aflorando sin que lo pudiera notar: “Reunía todas las condiciones para triunfar, pero me venció la depresión. Yo no le había prestado atención, pero me empezó a cambiar el humor, a costar dormir, concentrarme se me hacía imposible, sumado a algunos problemas más íntimos de pareja”.
Toda su vida se iba derrumbando, consumía constantemente alcohol y estupefacientes por lo que decidió acudir a ayuda profesional: “Fui a médicos clínicos, a psicólogos y terminé en un psiquiatra después de varios idas y vueltas. Aunque no mejoró mi cuadro. A los pocos días me intenté matar, terminé en el Hospital San Felipe y me enojé conmigo mismo. A todo esto, yo ya estaba construyendo mi casa en Córdoba. Decidí irme a Estancia Vieja para ver si me relajaba, pero ahí recaí, me internaron en el hospital psiquiátrico de Santa María, que es para personas que ya no tienen vuelta atrás […] y después de tres meses me dijeron que se me iba a complicar reinsertarme en la sociedad”.
Recuerdos de un pasado inexacto
Dentro de su trama vivencial, el bombista cuenta que su realidad económica no fue siempre de esta manera, sino que era todo lo contrario. Según relatos de distintas voces de la ciudad, él pudo ir armando recuerdos de su infancia y de quien fue su padre -el cual falleció de un severo cáncer cuando tenía 4 años y no tiene recuerdos-. Asegura que su papá, fue un millonario de la ciudad ya que: “Era representante legal de la empresa ´Rosario Refrescos´ que distribuía productos de la marca Coca-Cola. La empresa
funcionaba por calle Soler, donde ahora funciona un complejo de pádel. No entiendo bien esa parte de mi vida, hay muchos baches. De lo que me acuerdo es que mi vieja trabajaba para mantenernos junto a mi padrastro”.
Dentro de estos relatos confusos, contó que le dijeron: “Mi papá ayudó a que muchos que tienen dinero hoy en día en la ciudad, estén donde estén. Inclusive supe que un expolítico obtuvo el apoyo monetario de mi papá. Mi mamá insistía con que le pida trabajo a ciertas personas que eran ´amigos´ de quien fue mi padre, pero no hubo caso. Luego con el tiempo me entero que muchas de estas personas que lo rodeaban son los que le hicieron quebrar la distribuidora de gaseosas”.
En el mismo eje dijo: “Un día me puse a pensar que si mi viejo era un empresario es decir que tenía un rango de coherencia importante. Allí, yo pude descubrirme porque a mí me obligaron a trabajar de chico, por más que quería ser músico, mi vieja no me dejaba. Hay una frase muy bonita que dice: ´cuando a una persona la obligan a hacer lo que no vino a hacer en esta vida, el corazón se le apaga´. Con el tiempo me di cuenta que mi legado era volver a recuperar algo de ese legado y por eso me propuse llegar a los más grandes festivales del país”.
Un reloj de emoción
“Cuando yo fui creciendo de las pocas cosas que me quedaron como recuerdo de mi papá, por los desalojos y las mudanzas, fue un reloj de madera para pared que me había regalado mi mamá. Cuando estaba mi hijo en camino, me quedé sin trabajo, lo primero que vendí fue el bombo y cuando no me quedó más nada, empeñé el reloj por un nebulizador. Y un día en Chile, una familia me invitó a comer en su casa y vi uno que era muy parecido, lo tomé como una señal. Me emocionó verlo. Ahí entendí que este era mi camino”, sentenció.

